Un relato corto [TEMA SERIO, CABAL Y LITERARIO]
05-ago-2009 13:44
#1
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Hola a todos. Os dejo un relato corto, en esta mañana calurosa, con el deseo de que lo disfrutéis. Sí, soy el mismo pesado que ha escrito un libro y vive la mar de feliz (http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?t=1379792&highlight=), y todo esto para decir que sé escribir, y gracias por la info y no, no pienso follármelo. Lo dicho... METEORO Me enteré que el mundo se terminaba mientras miraba los resultados del fútbol. Había pasado la tarde del domingo pegado a la pantalla del ordenador, preparando para el lunes unos documentos que tenía que haber terminado el viernes; cené poco, gruñí mucho, y me recluí en mi pequeño despacho. Mi hijo, primero, y mi mujer más tarde, se habían acostado, dándome un beso fugaz mientras yo mascullaba al verme interrumpido. Y, ahora, todo se iba a ir al carajo en cosa de dos horas. La noticia de que el meteoro iba a impactar contra nosotros comenzó como una broma sin gusto a última hora de la noche y, cuando volví a conectarme a internet, bien entrada la madrugada, la probabilidad de que impactara contra el planeta rondada el noventa y dos por cien. Las imágenes del inminente desastre circulaban por la red a toda velocidad; en aquellos países donde se preveía un impacto directo, la penumbra permitía ver el objeto con toda claridad, como una segunda luna deforme que iba creciendo gradualmente a medida que se aproximaba. En nuestro caso, deberíamos conformarnos con ser carbonizados por la onda expansiva, puesto que la inmensa roca alcanzaría la superficie al otro lado del mundo. En la calle no se oían sirenas, ni las luces encendidas en las fincas cercanas daban a entender que la noticia se hubiera extendido; a las tantas, los pocos adictos al ciberespacio que servíamos como mudos testigos de la catástrofe, teníamos poca fuerza moral para levantar de la cama a un país y sumirlo en el caos del fin del mundo, llamando a todos los teléfonos, a todos los timbres. Porque, ¿de qué serviría?. ¿Cambiaría en algo nuestro brevísimo futuro el hecho de pasar dos horas en vela esperando lo inevitable? ¿No era mejor aguardar dormido la muerte segura? Algún histérico inconsciente quizá podría dedicarse al pillaje y a la violación, seguro de que no habría tiempo para un castigo mundano más allá de verse incinerado, como el resto de los siete mil millones de almas, cuando toneladas infinitas de cenizas incandescentes arrasaran la faz de la Tierra. Pero, por lo demás, la diferencia entre vivir lo que nos quedaba dormidos o despiertos era más una cuestión de simple piedad. Mientras desconectaba el ordenador, pensé que la culpa de todo aquello la tenía el fútbol: Ciertamente, si no me hubiera gustado aquel deporte en el que veintidós tipos en pantalón corto pateaban un balón, y corrían tras él como pollos sin cabeza, seguramente no habría ido al estadio la tarde del sábado y me habría dedicado a adelantar el trabajo que tenía pendiente, por lo que no habría estado frente a la pantalla buena parte del domingo, y la muerte me habría sorprendido abrazado a mi esposa. Mi esposa… Pensé en entrar en la habitación, meterme en la cama y despertarla poco a poco. Avisarla de lo que ocurría, despedirme de ella y, quizá, hacer el amor. Pero eso suponía que sufriera lo mismo que yo estaba sufriendo, y con uno que lo hiciera, bastaba. Si había una manera de hacerle saber lo mucho que la quería, aunque no se diera cuenta de ello, era evitarle cualquier padecimiento en aquella hora oscura. Mi hijo… Apenas era mayor que un bebé y ya dormía en su habitación. Sin embargo, mientras atravesaba la casa en dirección al lecho, no pude evitar entrar a hurtadillas y sacarlo de la cama, tomándolo en mis brazos, y llevarlo conmigo. Aunque la colisión se preveía catastrófica, y no seríamos más que cenizas en cuestión de décimas de segundo, me resistí a dejarlo morir solo, tan pequeño, y lo acomodé entre mi mujer y yo. Quise dormir, y no pude. Pensé en tomar tantos somníferos como hubiera en el botiquín pues, al fin y al cabo, iba a morir con toda seguridad en poco más de hora y media, pero algo me detuvo. Quizá no fue más que una conciencia atávica, que todavía distinguía entre el suicidio y el accidente cósmico, pero si algo me tenía que quitar la vida prefería que fuera la fatalidad a mi propia mano. Pensando en la muerte inevitable, me dormí. Sin querer, cerré los ojos y, cuando volví a abrirlos, sobresaltado, no supe cuanto tiempo había permanecido en aquel estado. Un resplandor rojizo se colaba por la persiana y pensé que, quizá, al final la suerte nos había sonreído, los cálculos habían fallado, y aquel brillo no era sino el despertar de un nuevo día. Hacía calor. Abracé a mi esposa y miré de reojo a mi pequeño, que me observaba con los ojos muy abiertos y esbozando una sonrisa, más dormido que despierto. Le besé en la mejilla. - Te quiero, papá – murmuró. Ahora podía morir tranquilo. |
Editado: 05-ago-2009 13:45 - Razón: MEjor lectura del texto
05-ago-2009 13:59
#2
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lo leo ahora, uff un poco tocho pero no esta nada mal, tiene su cosa sigue asi
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Editado: 05-ago-2009 14:03 -
05-ago-2009 14:05
#5
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Muy bueno, las dos últimas frases pueden servir para acabar casi cualquier relato. Saludos, |
05-ago-2009 14:10
#7
| Gracias por las respuestas. La verdad es que quería un final ambiguo, y esas frases dan para mucho... |
11-ago-2009 10:42
#9
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Aprovecho el hilo ya abierto para incluir un segundo relato, esperando que sea de vuestro agrado: LA TRINCHERA - Sigue agachado – dijo el sargento. Lo dijo como si hubiera opción, y no la había. El soldado se encontraba prácticamente enterrado bajo los cadáveres de sus compañeros caídos y a duras penas podía soportar las náuseas que le producía el movimiento de los blancos gusanos de la podredumbre, retorciéndose sobre uno de los muertos que se encontraba sobre él. Caían uno tras otro a lo largo del brazo con el que sujetaba el fusil, y de vez en cuando los aplastaba frenéticamente contra cualquier saliente, pues sus bocas sin dientes lo confundían con la carne corrompida, y los besos ciegos de aquellos seres terroríficos era peor que cualquier cosa que hubiera experimentado en su vida. Apoyando su espalda sobre el montón de sacos que formaban la trinchera, el soldado contenía la respiración. ¿Cuánto hacía que no escuchaban disparos?. Horas, quizá días enteros. Pero no podía moverse. El sargento se lo había dicho y había predicado con el ejemplo. Un buen tipo, el sargento. De no ser por él, estaría muerto. A muchos antes les había dicho que se estuvieran quietos y ellos, jóvenes y estúpidos, habían asomado la nariz por encima de la seguridad de los sacos de arena y las paladas de tierra, y les habían volado la cabeza, bañando al regimiento en una horrorosa masa grisácea y ensañándoles a todos una lección que no tardaban en olvidar, por desgracia. El soldado respiró profundamente, a pesar de que el aire era una nube de gas metano de estómagos reventados mezclado con moscas verdosas cuyo ruido podía enloquecer al más templado. Pensó contra quién luchaban. Los odió profundamente. Miró de reojo al sargento, que manejaba con cierta dejadez una radio que había dejado de recibir señal días atrás, y le preguntó: - ¿Cómo empezó, mi sargento?. - Siempre empieza igual – dijo él, mucho más curtido en la batalla, en la vida y en el mundo -. Alguien dice que no y levanta un puño. Si los que dicen que no son el enemigo, se les llama rebeldes; si somos nosotros quienes nos negamos, se nos llama patriotas defensores de la libertad. - ¿Y quién tiene razón? – quiso saber. - Nosotros – contestó secamente el sargento, y lo fulminó con la mirada -. Recuerda en qué bando estás. En el bando de los vencedores. En el bando de la libertad. En el lado de los buenos. El soldado volvió a sumirse en sus pensamientos mientras contemplaba cómo uno de los cadáveres de quien, hasta poco antes, había sido su compañero, su hermano de armas, se convulsionaba con rigidez. Había muerto la noche anterior y sus músculos aún se relajaban a golpes. Cualquier otro se hubiera meado en los pantalones al ver aquel macabro espectáculo, pero él había aprendido aquella semana mucho acerca de la muerte, y se sentía capaz incluso de dar una lección de medicina forense. Lo bueno y lo malo. No quería contradecir al sargento, al menos no en voz alta, pero aquello no le parecía nada bueno. Las moscas, los gusanos y el hedor punzante de la sangre coagulada no entraba precisamente en su concepto de bueno. Él quería estar con su novia, abrazándola en la playa mientras veían atardecer, contemplando la arena y sabiendo que del suelo no saldría ningún escarabajo, y que ni mucho menos entraría en la boca desdentada de uno de sus compañeros para investigar sus vísceras. El sargento miraba el cielo ennegrecido por el humo del combustible de los aviones que los sobrevolaban día y noche, la maquinaria pesada y el fuego de los depósitos subterráneos, olisqueando como un sabueso, esperando que el viento en contra le revelase contra qué clase de enemigo se enfrentaba. Tenía la seguridad que, desde las ruinas que habían divisado frente a ellos antes de meterse en la trinchera, les apuntaban al menos dos francotiradores y que, más pacientes que su unidad, se habían dedicado a acabar, uno a uno, con todos sus subordinados, hasta que no quedaron más que aquel soldado preguntón y él mismo. Nunca había perdido una posición ni había retrocedido un paso. No le importaba perder a un batallón de cien hombres si conseguía tomar aquellas ruinas, aquella posición privilegiada desde la cual un par de bastardos bien entrenados les estaban masacrando. No le importaba siquiera morir si antes podía estrangular uno a uno a tantos enemigos como pudiera. El sargento no sentía miedo, ni le repugnaba aquella escena dantesca de cuerpos mutilados, brazos cercenados con sus huesos amarillos sobresaliendo de la herida desgajada y cabezas abiertas como una olla de cocido. Estaba entrenado. Estaba acostumbrado. No le importaba morir. No había novias que esperaran, ni puestas de sol, ni playas de arena blanca. No le importaba morir y no tenía miedo de la muerte. En eso superaba al soldadito. Por eso él era el sargento, el superior, el jefe. Sonrió pensando en la medalla que le esperaba cuando consiguiera la victoria. El soldadito solo se conformaría con un permiso de quince días para retozar con su novia en el asiento trasero de un coche de mala muerte. El soldado comprobó el cargador de su fusil. Había tenido tiempo suficiente de volver a llenarlo con las balas de su petate. Balas de sobra, a pesar de que el sargento le había dicho que no se enfrentaban a un enemigo numeroso. El soldado recordó la bala que le había destrozado el pecho a uno de sus compañeros; un solo proyectil en pleno centro del pecho. Por el agujero había visto lo que quedaba del corazón y parte del esternón, con los bordes chamuscados por la pólvora. Una bala, una mierdecilla de plomo que no era más grande que un supositorio de glicerina. Demonios, pensó, sí que daban bien por el culo aquellos supositorios... En aquel preciso instante le vino a la mente las historias acerca de las guerras que terminaban en los despachos y pasaban meses hasta que la noticia de la rendición, del alto el fuego o de la firma de algún incomprensible tratado llegaba hasta el frente. Quizá no tenían por qué seguir disparándose como idiotas, quizá incluso la muerte de sus compañeros a lo largo de la última semana había sido inútil. Muy brevemente, temeroso de la reacción del sargento, le explicó aquel pensamiento. Éste le miró, con tanto desprecio como el que empleaba para hablar del enemigo, de ese enemigo invisible al que tanto maldecía y al que aún no habían podido disparar una sola bala, y le contestó: - No seas estúpido, muchacho. Ellos y nosotros somos la guerra – dijo aquellas palabras con el respeto que un hombre religioso menciona a Dios -; mientras estemos aquí, sigue habiendo guerra. Ellos nos dispararán si asomamos la cara, así que no pienses en salir de la trinchera y hablarles de paz, porque te reventarán la cabeza y entonces me quedaré solo. - Pero puede que ellos tampoco hayan recibido noticias de su puesto de mando... - ¿Y crees que eso evitará que te maten si les das la más mínima oportunidad?. - Hace días que nosotros tampoco podemos hablar con el puesto... - ¿Y qué?. - Podíamos retroceder hasta la colina, donde la recepción sea un poco mejor... - ¿Retroceder? – preguntó el sargento, con el tono de voz del que acaba de escuchar mentar a su madre -. ¿Y dejarlos a todos aquí?. ¿Abandonar la posición que tanto nos ha costado ganar?. El soldado olvidaba desde cuando servía a su país, y había olvidado también qué clase de juramento le obligaba a obedecer fielmente a ese que se llamaba mi sargento, pero, por primera vez en ese tiempo, tuvo la suficiente fuerza de voluntad para hacer una dolorosa pregunta afirmación. - La trinchera ya estaba aquí, mi sargento. Alguien levantó una loma para separar dos campos y nosotros nos colocamos debajo. - Cállate, soldado. - Y por si no lo recuerda, mi sargento – insistió, con la valentía de la razón -. Nuestros compañeros están muertos y nada podrá empeorar su situación. Como única respuesta, el sargento desenfundó su arma reglamentaria y le apuntó a la cabeza. - ¿Piensa dispararme, mi sargento? – preguntó el soldado. - Lo haré si no te callas de una puta vez. - ¿Sin un juicio marcial?, ¿sin tribunal de honor?. ¿Usted y yo, aquí, donde nadie podrá decir si usted tenía razón o no?. Si pensaba dispararme, podía haberlo hecho al principio de todo, cuando nos metimos en esta zanja de mierda, y hubieran sido los demás los que me habrían olido pudrirme, y no al revés. - Lo que estás haciendo, muchacho, se llama insurrección. Y si sales de esta trinchera, soldado, será también traición y no tendré más remedio que pegarte un tiro por la espalda. Créeme si te digo que no me gustaría nada... - No, mi sargento – le cortó -. Lo que estoy haciendo es buscar una respuesta. Desde hace ni se sabe cuánto no recibimos un solo informe del puesto de mando. Llevamos horas sin escuchar un alma allá delante, donde usted dice que está el enemigo. Y ahora me entero que no soy soldado por mi país, sino soldado por usted; si me rindo será como si usted se rindiera, y me matará. Si le pregunto, me obligará a que me calle. Porque esta es su guerra y tengo que hacer lo que usted me mande. - Exacto. - Pues pégueme el tiro ahora, y acabemos con todo. El soldado se sintió más frustrado que temeroso. Meses en el frente, día tras día, soportando las peores condiciones y el horror más salvaje, para que, al final, quien le diera el tiro de gracia fuera su sargento. Escuchó el resorte del percutor al tensarse hacia atrás y, como una luz, una última pregunta llegó a su mente, tan deprisa que salió por su boca casi sin que se diera cuenta. - ¿Quiere ser un asesino, mi sargento?. - Estoy cumpliendo con mi deber, muchacho. - Lo que usted diga. Pero recuerde que estamos solos; si me mata, no habrá nadie que le culpe... excepto usted mismo. Llevará la carga de mi muerte y será más pesada que todos los que han caído en esta trinchera. El sargento se detuvo. No porque no sintiera la obligación de ajusticiar a aquel molesto muchacho, sino que, por una vez, sentía que el soldado tenía razón. Una cosa era matar al enemigo y otra muy distinta acabar con un compañero, por muy insoportable que fuera. - Déjeme salir, mi sargento – le propuso el soldado -. Déjeme comprobar si tengo razón. - No voy a consentir que te rindas. - No voy a rendirme. Llevaré mi fusil y, si sus francotiradores me ven y usted está en lo cierto, no daré dos pasos y moriré como un idiota delante de la trinchera. Si alguien me ve, podrá pensar que estoy tratando de lanzar un ataque sorpresa. Nadie le culpará de nada, mi sargento. Así podré distraerles y usted, quizá, acabe con uno o dos. O con todos... Nadie le culpará, mi sargento. ¿Y por qué no?. Aquel muchacho imbécil iba a morir de todos modos. Pero él... Lo que le ocurriera a él era muy distinto. Así podrá distraerles. Quizá... ¿Terminar aquella guerra como un asesino en la sombra o como un héroe, a costa de la estupidez de un soldado del que ni siquiera recordaba el nombre?. El soldado cogió su fusil y salió de la trinchera. Sargento y soldado sonrieron, cada uno animado por su particular visión de aquella guerra. Solo dos pasos y moriría. Seguro. Pero hasta lo seguro trae, en ocasiones, la sorpresa. El soldado avanzaba como movido por un resorte invisible, incapaz de creer lo que veían sus ojos. Frente a él, a unos centenares de metros, se alzaba una enorme carpa blanca, rematada por una cruz roja. Soldados prácticamente desarmados, con el emblema de las Naciones Unidas en las hombreras y gorras azules sobre la cabeza, inspeccionaban el parapeto desde donde los francotiradores les habían ido diezmando, uno a uno. Mientras, sentados en unas banquetas o tumbados sobre rudimentarias camillas, los soldados enemigos eran atendidos por médicos neutrales. Uno de ellos hablaba enojado y agitaba violentamente su fusil de largo alcance, como si odiara aquella herramienta de muerte más que cualquier otra cosa en el mundo. El soldado notó cómo saltaban las lágrimas de sus ojos y abrió los brazos en cruz, dejando muerta la mano en la que portaba su rifle y llamó a gritos a los enfermeros. Todo había terminado. Se volvió hacia la trinchera, henchido el corazón, para decirle al sargento que tenía razón, que la guerra era historia. Estaban a salvo. Seguros. Pero hasta lo seguro trae, en ocasiones, la sorpresa. No era necesario avisar al sargento. Ya se había preocupado de asomar la nariz sobre la trinchera para ver desde dónde provenían los disparos que iban a acabar con la vida del soldado, y devolver hacia esa dirección su propio fuego, cuando vio algo que le heló la sangre. No eran uno ni dos los enemigos que se extendían ante él, sino centenares. Ya no se limitaban a francotiradores, sino que eran soldados de élite, con sus boinas de colores extravagantes y, lo peor de todo, soldados químicos, con sus blancos uniformes de médicos. Uno de ellos hablaba con un enojado francotirador, que parecía decirle, agitando su fusil, que no entendía por qué tenía que dejar de disparar el enemigo. Estaba claro: Los soldados químicos los iban a fumigar con sus armas invisibles de muerte. Ya habían levantado la carpa blanca donde, a buen seguro, estaban instalados sus laboratorios. El soldado debía haberse dado cuenta de esto. Seguro que comenzaba a disparar tan pronto los viera, y el lo cubriría desde donde se encontraba. Quizá morirían aquel día, pero estaba claro que se llevarían a unos cuantos por delante. Por eso la sangre le hirvió cuando contempló cómo el soldadito abría los brazos y abandonaba las armas. Aquel malnacido se rendía, llamando incluso a gritos al enemigo para que lo tomara prisionero. Y luego se volvió. Se volvió hacia él. Se rendía y revelaba la posición de su superior. El sargento saltó sobre la trinchera. Su muerte no sería en vano, pensó, mientras apuntaba con su fusil sin saber a quién ni por qué. Viendo aquello, el soldado se echó cuerpo a tierra. Cuerpo a tierra por última vez, pensó. Ojalá que esas balas que oigo no vengan hacia mí. |
12-ene-2014 03:12
#14
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Mundo feliz no me ha gustado demasiado. Lo veo demasiado directo, quiero decir que básicamente estás describiendo España (y más concretamente Valencia) en los últimos años, quizá algo un poco más sutil para que el lector sea el que establezca las relaciones y ate cabos. Meteorito está muy bien, un poco fantasioso decir que está todo el mundo durmiendo por la noche, pero era necesario para el desarrollo del relato. Quizá otro tipo de evento o catástrofe hubiese podido tener un desarrollo similar y resultar algo más creíble. El final muy bueno. Trinchera, con este me pasa algo curioso. Tanto la presentación como el nudo están muy bien (aparte de los huesos amarillos, la masa gris y el cocido de sesos) pero el desenlace me chirría un poco. La idea del mismo es buena, pero creo que le falta algo de pulido. Te seguiré leyendo. |
12-ene-2014 04:47
#15
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Mundo feliz no me ha gustado demasiado. Lo veo demasiado directo, quiero decir que básicamente estás describiendo España (y más concretamente Valencia) en los últimos años, quizá algo un poco más sutil para que el lector sea el que establezca las relaciones y ate cabos.
Meteorito está muy bien, un poco fantasioso decir que está todo el mundo durmiendo por la noche, pero era necesario para el desarrollo del relato. Quizá otro tipo de evento o catástrofe hubiese podido tener un desarrollo similar y resultar algo más creíble. El final muy bueno. Trinchera, con este me pasa algo curioso. Tanto la presentación como el nudo están muy bien (aparte de los huesos amarillos, la masa gris y el cocido de sesos) pero el desenlace me chirría un poco. La idea del mismo es buena, pero creo que le falta algo de pulido. Te seguiré leyendo. Un abrazo. |