Apurando hasta la última peseta. CAPÍTULO 1

mark knopfler
ForoCoches: Miembro
#1
Buenas, os dejo un pequeño relato acerca de los "problemillas" de ser un infante y no tener un solo duro para comprarse un caramelo...

Así era como nos las arreglábamos mis primos, mi hermano y yo para "sacar algo de pasta" allá, a principios de los 80...si os reís, cosa harto importante hoy en día, os dejo otras dos entregas de esa misma época.

Espero que al menos, os haya hecho sonreír, a los que como yo, frecuentáis este subforo en busca de ese milagro llamado TRABAJO.

12.- APURANDO HASTA LA ÚLTIMA PESETA.

San Antonio, junio 13 ya llegó. Año 1984.
Wake me up before you go-go (Wham!)
Cuatro siluetas pueriles copan de muro a muro el angosto camino de O Madorno, poco antes de la media noche de un largo día de estío, cuando el sol todavía irradia con sus postreros destellos, sobre un lienzo carmesí, los tejados gatunos de Currás y A Pantrigueira, justo antes de irse a dormir.
Otra vez los de siempre: “mi hermano Carlos, nuestros primos Sito y Lino y un servidor”. Mejor un grupo de malos conocidos que otro de buenos por conocer. Mañana sábado es día de mercado. Mamá y sus hermanas Milagros, Luisa y Carmen llevan trabajando desde la luz del alba hasta que esta se oscureció. Se quedarán posiblemente, vencida la medianoche, preparando en el alpendre la mercancía para ser vendida al día siguiente, (en el caso de que “haya ganas”), en la Plaza de abastos de Vilagarcía. El lote se compone básicamente de legumbres y hortalizas cultivadas al aire libre, en los minifundios fértiles de la Comarca de O Salnés.
Careless whisper (George Michael)
Mientras nos entreteníamos, tumbados sobre la cetrina hierba pisada del predio de la señora Joaquina, divisando la “Osa mayor” y demás constelaciones, nuestras madres se encontraban visiblemente atareadas, exhaustivamente cansadas, preparando “el carro”. Observándonos mutuamente pude vaticinar que desde siempre, donde unos trabajaban otros se divertían. La mercadería se iba colocando cuidadosamente sobre un carruaje artesanal de madera arrastrado por un caballo cortés, de pelaje rubio, el cual respondía por ese mismo adjetivo, a través de la cabezada, barriguera y un par de riendas entre otros atalajes. Los cuatro primos permanecíamos sentados sobre el verde pálido de una pequeña superficie descampada; en el huerto agreste de una vecina recelosa de nuestras rubicundas carnes cicateras, limítrofe al camino, en frente de la casa de nuestros abuelos. Allí estábamos, cerriles, dejando la vida pasar, inmersos en la penumbra mortecina de un farol de luz ambarina que a duras penas dejaba entrever nuestras facciones inocentes, a la vez que nuestras madres se desvivían derritiéndose, de sol a sol, por darnos siempre lo mejor.
Durante el día, en esa misma propiedad, solíamos jugar al fútbol, colocando unos cascajos de piedra que señalaban una portería de larguero virtual y red de mijo. La señora Joaquina no era partidaria de vernos jugar en su lugar de trabajo. A nosotros nos agradaba menos aún, verla a ella trabajar en nuestro lugar de recreo. Pero era la dueña, así que chitón. A menudo, debajo de la piel tostada que cubría su diminuto cuerpo aquilino, escondía regueros de ira cuando esta se encontraba con la cosecha de maíz en vistas de ser arrasada, a tenor de las concurridas faltas de puntería. No teníamos el talento de Maradona o el de Karl-Heinz Rummenigge, eso era evidente, pero la vecina convertida en víctima despechada iba aún más lejos, rayana a la vejación castigaba nuestros oídos con exageradas hipérboles del estilo: “no valéis para nada”, consecuente con los efectos dañinos de nuestras acciones. Quéjense algunos políticos de los de ahora, rebosantes de ignominia, de los inermes “escraches”. Si no fuera porque se llevaba francamente bien con nuestros abuelos, a los cuales le unía una amistad entrañable, nos habría echado a patadas desde hacía tiempo, clausurándonos de por vida, el campo con alambre de espino.
Durante los meses de estío, en el huerto de casa recolectábamos tomates, lechugas, pimientos o judías entre otros, los cuales sobrevivían como buenamente podían entre las siete plagas de Egipto. Era, en esta época del año, cuando nuestras madres ganaban algo de capital. Nosotros, al estar disfrutando de las vacaciones escolares, les echábamos una mano en lo que podíamos, esperando codiciosamente la usura en metálico prometida, la cual, como los pagos de la Administración a las empresas, nunca acababa de llegar, al menos, en el plazo previsto. Visto lo visto, ante nuestra precariedad bursátil, (que de amor y mimos andábamos sobradamente sobrados), y con tan corta edad, no nos quedaba otra alternativa que sacar las castañas del fuego como fuese. Sabido es que la necesidad agudiza el ingenio. A pesar de que nuestra infancia crecía en el meollo de una sociedad ávida de tirar por el camino más corto a través de los negocios del contrabando y el narcotráfico, sin recurrir a esta inmundicia, no nos quedaba más remedio, como a nuestras madres que: “Vencer a la procrastinación, andar a correr y vivir para trabajar.” Esta máxima valdría siempre la pena, a pesar de sus insuficiencias, si servía al menos para que se pudiera cumplir esta otra: “Vivir más sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir” Gandhi.
Aquel viernes de canícula, un sol de justicia, como pocas veces en Galicia, se dejaba asomar milagroso, exprimiendo de nuestra piel ingentes ríos de sudor. Habíamos estado jugando en O Terrón al fútbol durante toda la tarde, después de ayudar a nuestras madres en la finca por la fresca. De regreso a casa, al pasar por delante del “Luz de Luna” vimos a unos turistas en bermudas, zapatos y calcetines, haciendo realidad ese viejo tópico que acertadamente se burla de dicha guisa. Estaban contemplando la nostálgica y cobriza puesta de sol, sin dejar de ver expectantes cual jubilados, las obras del majestuoso puente de A Illa. Disfrutaban con frenesí de sus frías bebidas servidas a pares, sentados en la terraza, al abrigo de tupidas coníferas y frondosas, inundados por el aroma de pinos y eucaliptos entre latas de calamares, mejillones en escabeche y pinchos de tortilla, los cuales embuchaban como si en Alemania no hubiesen probado más que latas de Volkswagen,s. Amenizando el idílico entorno, por los altavoces exteriores sonaba una embriagadora balada, reconfortante y delicada como las Bucólicas de Virgilio.
Hello, (Lionel Richie)
Al verles allí, reclinados más que sentados, con aquellos tubos de cristal, opacos por el vaho del frío manjar que sus afortunados paladares degustaban, comenzamos a imaginarnos como debería de ser aquella sensación refrescante bajando por nuestras gargantas. Cuán placentera podría llegar a ser el sentir en primera persona aquellas burbujas refrigerantes de témpano estallando en nuestra boca, faringe y esófago mientras estas se van deshaciendo dejando tras de sí un goce puramente orgásmico y eternamente balsámico de la sed saciada. (Ahora ya puedes ir a la nevera antes de seguir).
Ni Gustave Flaubert encontraría suficientes palabras, en su rica dialéctica, para describir con estas, todas aquellas elucubraciones que bullían con fruición por el interior de nuestras pertinaces mentes. Imaginé que serían turistas teutones. No lo digo por que entendiera algo de alemán, que por su forma atascada de hablar ya se delataban por si solos, si no por la descripción que siempre nos hacía mamá de su estancia en Werdohl, en el corazón de la antigua República Federal durante cuatro años de añorada residencia, trabajando en una siderúrgica, a orillas del río Lenne: “Los germanos eran muy blancos, nada de piel atezada, altos, rubios y educados. A partir de eso de las diez se metían en sus casas y no hacían ningún tipo de ruido ni les veías por la calle. El pueblo guardaba absoluto silencio hasta las cinco de la madrugada, cuando se levantaban para ir a trabajar, ante una nueva jornada laboral”. A juzgar por lo visto y por el dibujo que siempre me trazaba mamá de los alemanes, cuyo guión se podría adaptar fidedignamente a “Un marco 80 pesetas”, debo confesar que aquel grupo debió olvidar el manual de las buenas costumbres en su país de origen. Encima de sus mesas permanecían un montón de latas de alcohol de cebada fermentada que yo, por aquel entonces asocié con el Kas de naranja, eso sí, de otras marcas. Aquel grupo apuntaba maneras cuando el sol ya empezaba a esconderse tras el horizonte. Su futuro más próximo cobraba claros visos de terminar como “Las Grecas”.
Como figuras del museo de cera, nos quedamos inmóviles los cuatro, contemplando con anhelo aquel cuadro que evocaba surrealismo. Máxime cuando los oriundos de la zona solían referirse, en un ejercicio impúdico de pedantería hacia los turistas, echando mano de la acepción más peyorativa sobre la holgazanería.
¡Tengo un plan!- corta el silencio hipnótico mi hermano Carlos, de once años, el mayor de los cuatro. (Todavía lo sigue siendo...)
- ¡Cuéntanos, cuéntanos!- respondemos los tres al unísono con entusiasmo, aunque sus planes últimamente, simulan correr parejos a los de Mortadelo y Filemón, pues estos suelen acabar, la mayor parte de las veces, como el rosario de la aurora.
- Las refrigerios de kas naranja cuestan cinco duros que es todo lo que nos queda en los bolsillos. Está claro que una sola lata para los cuatro, aparte de no apagarnos la sed, nos dejará con más ganas si cabe. Entonces ahora, escuchadme todos: “Deberíamos urdir un buen plan para hacer cundir mejor esta moneda de veinticinco pesetas, que como os he dicho, ¡es lo único de que disponemos”.
- O sea que, hoy beberéis tú y Sito ¿no? Siempre nos hacéis lo mismo. Como sois los hermanos mayores nos manejáis a vuestro antojo, como si fuéramos tontos.-Rezongo frunciendo el ceño.
- Seguro que quieren mezclar el kas con agua para hacer más bebida, igual que hacemos en casa, aunque después sepa peor...- sospecha Lino enarcando una ceja, el más pequeño de los cuatro, con la inocencia propia de su tierna edad, un año más que un lustro.
- ¿Con qué agua, Lino?-preguntamos los tres mostrándonos sorprendidos.
- Con la del mar... ¿no?
- ¡El agua del mar está salada!, tú también...
- ¡No lo haremos de esa manera, cervatillos! He trenzado un plan mucho más inteligente porque ya sabía que os pondríais así.-Prosigue mi hermano.
- Entonces “pillo sitio”. Lanza por esa boca.-Asiente Sito, el hermano mayor de Lino.
- ¡La idea no se le ocurre ni a un bombero! La verdad, no sé cómo no se nos ha ocurrido antes- Se adula asimismo cual Narciso; henchido de orgullo, cual José Mari- Prestad atención: Primero entraréis vosotros dos, que sois los más pequeños y no os pueden decir nada, como mucho reñiros pero simplemente eso, nada más. Lleváis los cinco duros en la mano por si acaso, pero no le paguéis salvo que las cosas se pongan chungas, y si se ponen, no le peguéis. Pedís el refresco, os lo bebéis y permanecéis bien atentos esperando un descuido cualquiera del señor Luis, el padre de Jorge, y en cuanto podáis salís corriendo al grito de “pies para que os quiero”. Nosotros os esperaremos aquí escondidos, a cien metros escasos, agachados detrás de estas piedras, a la sombra de los pinos. Recordad que “más vale morir con honra, que vivir con vilipendio”, y nosotros somos justamente eso, unos honrados “granujas”, unos “granujas de cuidado”.-Con este último lema bélico alzó mi hermano la bandera verde, la operación podía empezar.- aunque Sito aún no lo tenía demasiado claro...
- Somos, somos...¡somos más tontos que hacerle una zancadilla a los trenes!-pero en fin, yo también me muero de sed y a decir verdad, no se me ocurre nada mejor.
Por una vez, aquella me pareció una buena idea, un loable ardid. Aunque nos vaya mal a Lino y a mí, lo que está claro es que, al menos, al ser los primeros, disfrutaremos del Kas de naranja.
Así lo hicimos, los dos mantuvimos toda la tensión posible y necesaria que se les puede exigir a un par de críos de seis y siete años respectivamente, en este tipo de situaciones. Aparcado, delante del bar, se encontraba un Citroën Mehari color naranja, lo cual significaba que estaba atendiendo el dueño y no un empleado.- ¡Qué listos somos y qué pocos se dan cuenta!- No cabíamos en nuestro engreimiento.
- ¿Qué haces Lino?, por ahí no se entra.
- Iba a hacer lo que me mandaste.-me contesta asustadizo el primo bajándose el bañador.
- Dije “¡Mehari!”, no “¡mea ahí!”
Entonces, cruzamos la puerta de aluminio a pesar de que no dejaban entrar a los perros y alegremente nos acercamos a la barra, luego miramos hacia arriba donde nos esperaba más serio de lo normal el careto del señor Luis. Con total subrepticia pedimos el refresco edulcorado. Estiré el brazo para alcanzar la bebida y empezamos a beber turnándonos sorbo a sorbo antes de pagar, sin importarnos las babas impregnadas en los relevos. Al poco tiempo se acercó a la barra otro cliente pidiendo su consumición, su voz era profunda aunque sus palabras superficiales: “¡un Blody mary rápido!, y ¡con vodka del bueno eh, no me jodas!”- ¡A sus órdenes Sr. Fri!- contestó sumiso el Sr. Luis, odiando que cierta clientela, ose sin decoro permutar el “por favor” por “las prisas”. El señor Fri aparentaba ser familiar de Santa Klaus, llevaba un corte de pelo inverso al de M.A., el matón del Equipo A, lo cual no le favorecía ya que le hacía parecer un abuelo, aunque fijándose bien tendría unos cuarenta y pocos y escuchándole hablar simularía regentar nuestra edad. Su carácter se mostraba agrio como un zumo de lima con limón pero aquella no era nuestra batalla.
En cuanto el dueño del bar nos volvió la espalda para buscarle, entre la extensa colección de botellas que habitaba detrás de la barra, una de vodka a aquel cliente tan exigente, mi primo y yo nos miramos mutua y fijamente a los ojos. Después de apenas un par de segundos de vacilación, consideramos ambos que era el “momento perfecto y el lugar correcto”. Por tanto, empezamos a correr, fugaces como estrellas de Bagdad. Nuestros pies apenas rozaban el suelo mientras emprendíamos la huída. En los rostros infantes se nos dibujaba la típica sonrisa medrosa de saber que aquello que estábamos haciendo era un hecho delictivo en toda regla. Atravesamos el marco de la salida a humo de carozo, con notable riesgo de atravesar también la puerta. Esta vez hubo suerte y librada la guarnición, “el camino se ensanchó y ya vimos el final, como el delta de un río que se abre al mar”. Hubiésemos subido al podium victoriosos a endosarnos la corona de laureles y todo, de no ser por un mínimo detalle pasado por alto. Un etéreo desliz, fruto de nuestra inexperiencia en este tipo de quehaceres. Antes de la estampida a lo “Duques de Palma camino Washington”, no reparamos en que, la pared que había detrás de la barra sobre la que se apoyaban todas aquellas botellas, entre ellas la del vodka, se trataba de un enorme espejo en el cual quedamos reflejados los dos, huyendo timoratos, como cobardes, mientras el propietario del bar buscaba la de “Smirnoff”.
En la desbandada sentimos bramar, bajo el efecto “doppler”, al cliente exigente, ahora convertido en abogado del diablo, mediante una concatenación de refranes: “¡No huyáis, que el mundo es muy pequeño y da muchas vueltas. Antes o después, acabaremos tropezando de nuevo, ya lo veréis!”
El dueño del Mehari, al percatarse de la irrefutable fechoría que le estaba quemando los ojos, hizo temblar las paredes a baladro pelado. Ira del infierno, su enemigo nos llamó. Aún así, esta vez el miedo no consiguió paralizarnos, como aquella vez en el Bar de O Retorno. Al contrario, al oír aquel grito de guerra todavía corrimos más, como tantos españoles escapando del fisco. Por cierto, creo que es el primer bar donde por fin no me he encontrado con el fulano aquel misterioso, el que nos había dicho una vez que no éramos agradables de ver o el mismo que vociferaba que no vivíamos en una democracia y no sé que más pamplinas...
Cuando aterrizamos en la “base-piedra” que volando veníamos, por fin, aliviados, pudimos respirar. Allí seguían Carlos y Sito. Como lobos ibéricos al acecho de sus presas, permanecían escondidos sin perder ningún tipo de detalle. La falta de aliento apenas nos dejaba articular palabra. Cada milímetro de nuestra piel dudaba entre ponerse bermeja por el sofoco y la vergüenza o adquirir más bien un tono descolorido, casi transparente, lívida como la sal, más apropiado para describir el mal trago que nos había dejado sin circulación por las venas.
La primera parte del plan había terminado bien a pesar de los contratiempos. No acabó siendo lo prometido pero al menos cumplimos con lo debido. ¡Que nos quiten lo bebido! Ahora venía la segunda. Le entregamos los cinco duros a mi hermano. El rostro de “Su Majestad” jamás había sudado tanto en tan poco tiempo, ni tan siquiera en aquel memorable y gris 23-F, aventuré. Acompañado del primo Sito se dispusieron ambos a tentar a la suerte una vez más, de forma consecutiva, ignorando que si bien, las desgracias nunca llegan solas, la buena suerte, muchas veces ni llega. En cualquier caso, al ser mayores que nosotros, once y nueve abriles respectivamente, podrían correr más, por lo que les sería más fácil huir del bar si las cosas se les torcían. Harina de otro costal sería la facilidad para escurrirse a través de la puerta. En este caso estaban en clara desventaja. Pero llegado el caso, ¡qué cada palo aguante su vela!
- ¡Buenas...queremos un...!- Toma la palabra mi hermano con gesto y voz de “escarabajo pelotero.”
- ¡¡¡Son cinco duros!!!- brama iracundo el amo del Mehari, el propietario del bar y posiblemente el dueño del mundo entero, clavando firmemente su mirada asesina en la cara de los dos “beetles”. Entretanto, el Sr. Fri, que todavía sigue allí, logra apaciguar su mosqueo por no haberle preparado aquel cóctel con “Absolut Vodka”.-¡Por fin alguien más cabrón que yo!-se puede leer detrás de sus párpados, los cuales nos enseñan un rostro ojiplático.-El individuo en cuestión disfruta viendo sufrir a sus semejantes, lo que me hace discernir que la maldad es el resultado más evidente de la carencia total de inteligencia.
- ¡Va...vale!- Tirita Sito que no de frío mientras tira la calderilla por el aire que el mostrador de mármol le quema como hippie a su moto. Por si fuera poco, la moneda plateada de cinco duros se le escurre entre sus dedos de Parkinson, sudorosos como Belén Esteban ante una prueba de ortografía.
El lenguaje corporal le había delatado, diciendo mucho más de lo que su lengua se había callado, arrojando pruebas clarividentes de que ellos dos, formaban parte también de la misma célula: “Los usurpadores de Kas”. Sin decir ni “mu” se habían descubierto ante los ojos del Señor Luis, hombre de mundo, erudito cínico, portavoz de incontables aforismos, ávido en dar caza a todo aquel que se cree más listo que él. A continuación, este clavó la mirada en el silente Sito, en ciernes de la verborrea, y le recitó el siguiente pareado: “con saber tú más y yo saber menos, metes la mano en el c_lo y te chupas los d_dos”. ¿Entendido, mocoso?
El Sr. Luis, más desconfiado que burro tuerto, cogió la moneda entre sus gruesos dedos y a continuación la observó con diligencia por ambas caras. Esa acción le sirvió para ver que ahora ya no aparecía en la misma aquella inscripción que ponía: “por la gracia de Dios”, (¡de ahí la importancia de leer, chavales! aunque nada tenga de malo que os sigáis pajeando con los picantes episodios de “Gandía shore”). Prosigamos. Entonces, “el barman” musitó entre los dientes algo parecido a una de las máximas de la profesora de Roma: “sin religión no hay educación”. En un gesto más de vacilación hizo el amago de quererla ver al trasluz, aunque no hizo falta que alzara el brazo hasta lo más alto antes de volver en sí de nuevo y ratificar que se trataba de una moneda y no de un billete. –¡tanta suspicacia me está volviendo loco!- se dijo asimismo.-Finalmente, terminó su particular y metódico“check list” abriendo la caja registradora y comprobando si la moneda de la tentativa del “simpa” coincidía con otras ya cobradas. Ahora, un poco más sosegado ya, hizo caer de nuevo su mirada de “Jack” (el asesino destripador) sobre los dos chiquillos de cabeza gacha y (sorprendentemente), pies de plomo. Sin reparar en su condición y apariencia de arcángeles les inquirió en tono altanero y aguardentoso lo siguiente:
- ¿Vosotros no sois nietos de Benito, “El Toro”?
- ...-silencio de mi hermano Carlos, blanco como el olvido. Incapaz de recitar una sola sílaba que lo acercara a “Buero Vallejo.”
- No...nosotros somos nietos de... ¡Isolina!, ¡“La burra”!- La pifia Sito con voz entrecortada con lo primero que se le pasa por sus sesos de nuez. Sin pensar en lo que está diciendo, queriendo salir del paso a toda costa sin sopesar las fatídicas consecuencias. Como “La Cospe” tratando de explicar un finiquito en diferido. Como Rajoy tratando de...como Rajoy casi siempre.
- Cállate, gilipollas, ¿no ves que Benito e Isolina son marido y mujer? – le recrimina entre susurros prosaicos mi hermano.
- ¡Ah!-Que viene a decir: “trágame tierra”.
- ¡Ahora ostias, ya es tarde!
- ...- Silencio de Sito sonrojado.
- ...- Silencio de mi hermano con gesto mortecino.
- ...- Sonrisa petulante del señor Luis restregándoles airadamente la más típica con que se suelen consolar los cornudos: “¡os he pillado”!
- ¿Qué carajo pone en la etiqueta de aquella botella?-Se ahuyenta de la escena vejatoria el “cliente exigente” mientras comienza a leer, forzando la vista e incorporándose sobre la barra.- Abs, Abso, Absol, Absolu, Absolut...¡me cago en Dios Luis! ¡Te dije que yo solo bebía vodka “del bueno”!
- ¡Disculpe Sr. Fri, el que le he dado es también sumamente bueno...!
- ¡Pues de lo bueno, yo solo bebo lo mejor!, ¡Ahora mismo me estás preparando otro Blody...no, mejor me pones un vaso con whisky, de ese que tienes ahí...el que pone Johny Walker etiqueta azul, por ejemplo!, ¡Y date por enterado que hoy me he dejado olvidada la billetera...!
- (Otro más que se quiere marchar sin pagar...)-medita cabizbajo, cual Judas ante su mujer el Sr. Luis.
- ¡Ah!, y por si acaso, ¡no se te ocurra colármela tampoco con marcas baratas de hielo!
Llegado ese momento, como pan caído del cielo, mi hermano y el primo Sito se intercambiaron una cómplice mirada, asintiendo que por fin tenían la oportunidad de largarse del “Luz de Luna”. Por decir, no dijeron ni adiós, a miedo de volver a expresar algo que les comprometiera en aquellas dos sílabas. En la estampida, Carlos tropezó con una de las sillas que estaban como el jueves, en medio del pasillo, lanzándola por los aires, con la puntería que siempre le faltaba cuando jugaba al fútbol en la de Joaquina, yendo a parar esta al interior del Mehari que se encontraba en aquel momento descapotado. Llegados de nuevo a la “base-piedra” nos llamaron para escapar los cuatro del lugar de los hechos a toda pastilla. Mientras huíamos, no dejábamos de mirar hacia atrás. El poder de la sugestión nos hacía ver el “Citroën Mehari” color naranja por doquier, arando los campos, surcando los mares, hasta por el cielo, incluso por debajo del asfalto. Con tanto ajetreo, el kas de naranja nos había caído en el estómago como una “Francesinha” portuense. Cuando por fin nos sentimos a salvo no pudimos parar de reírnos, al fin aliviados. Años pasaron desde aquel día, hasta que nos atrevimos a pisar de nuevo el Luz de Luna, no por miedo, sino por prudencia, donde más tarde aparcaría un Citroën BX color rojo, donde pasaría muchas tardes de juerga con mi amigo Jorge, el hijo de Luis. ¡Cuántas vueltas da la vida!,¡el Sr. Fri estaba en lo cierto!, y quede claro que yo no soy de la misma calaña que esos “Losadas zalameros” que gustosos se sienten complacidos dándole la razón a los locos.
Si algún día le vuelvo a ver, le invitaré a un Blody Mary de los de verdad, como le gustan a él: “Con vodka, eso sí, del bueno.”
alstrike
ForoCoches: Miembro
#2
Los párrafos y el doble espacio, esos grandes desconocidos...
elrastroo
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#3
me espero a la trilogía. en video of course
EclipseEvoX
The end is Near
#4
y el resumen hijo de fruta
los canteros
*AutoBan Spam/Flood/Troll*
#5
eso es mas largo que el quijote y el antiguo testamento juntos... me espero a la peli
mark knopfler
ForoCoches: Miembro
#6
Cita de alstrike
Los párrafos y el doble espacio, esos grandes desconocidos...
Al pasarlo al foro me ha cambiado el formato, sorry.
Llondru
Show must go on ...
#7
no me lo pienso leer
Leslie W.Sunday
Jefe Mayor y buzo
#8
Peliculon.
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