TP-Tirinto (tocho)
03-oct-2008 22:20
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La civilización micénica, que floreció en el Mediterráneo oriental entre los siglos XVII y XII a. C. nos ha dejado un legado en forma de impresionantes fortificaciones. Gracias a ellas conocemos cómo fue aquel pueblo de guerreros y, por extensión, sabemos un poco más acerca de un período fascinante de la historia de la cultura occidental. Los centros micénicos más importantes se concentran en la península griega del Peloponeso. Tirinto fue uno de ellos, así como Micenas (ciudad que dió nombre a la civilización), Argos y Pilos. Los orígenes de Tirinto como ciudad enlazan con los acontecimientos que tuvieron lugar en la Grecia continental a finales del III milenio a. C. En aquel período, los pueblos indoeuropeos invadieron el territorio e implantaron la lengua griega. Precisamente, en la cultura nacida tras su llegada y en la civilización minoica que surgió poco después hunden sus raíces los micénicos (aqueos según Homero). La ciudad que el autor griego calificó como la “bien amurallada” se ha desvelado menos impresionante en hallazgos y de dimensiones más reducidas que otros yacimientos micénicos, pero en contrapartida, salió a la luz en un estado de conservación excelente. Al igual que Troya y Micenas, fue excavada durante la segunda mitad del siglo XIX por el millonario de origen alemán Heinrich Schliemann. No se trató de un descubrimiento, porque casi medio siglo antes el lugar ya había sido objeto de una primera prospección arqueológica por parte de dos compatriotas suyos. Sin embargo, fue Schliemann quien dirigió la primera campaña seria, para lo cual contó con un equipo veterano de otras campañas tales como Olimpia o Troya. Tirinto se alza sobre una colina baja que algunos arqueólogos la definen como la acrópolis para diferenciarla de la parte habitada por el pueblo llano, al pie del montículo. De sur a norte de la acrópolis existe una inclinación que permitió la formación de tres terrazas. Se utilizaron para construir tres ciudadelas, la alta, la media y la baja. En la más elevada se han encontrado vestigios del Palacio Real, sede del poder político. Su importancia era tal que los emplazamientos micénicos también se conocen como palacios-estado. El de Tirinto, dentro de lo que cabe, es el mejor conservado junto con el de Pilos. Su estructura es muy similar a la del de Micenas, que nos ha llegado en mucho peor estado. La terraza media, la más pequeña de las tres (ocupa una superficie de unos 3000 m2 frente a los 10000 de la baja y los 7000 de la alta), constituía según los expertos, el patio posterior del palacio. Por último, la inferior se consideró durante años como zona prácticamente desierta destinada a acoger a la población civil, que habitaba fuera de las murallas, en caso de guerra. Sin embargo, trabajos realizados a partir de los años sesenta del siglo pasado pusieron de relieve la existencia de pequeños edificios, entre residencias, tiendas, almacenes, talleres de artesanos... El recuerdo de Tirinto se mantuvo vivo gracias al testimonio de autores clásicos como Homero y Pausanias, este último, geógrafo griego que comparó las impresionantes fortificaciones tirintas con las pirámides egipcias. El origen de las murallas que rodean el conjunto de las ciudadelas entronca con un pasado mitológico. Se decía que los cíclopes (gigantes de un solo ojo) las levantaron por encargo de un legendario rey llamado Proetus. Lo cierto es que los muros se construyeron en tres fases mediante enormes bloques de piedra, colocados unos encima de otros de forma irregular, pero con un marcado sentido horizontal. Se hizo uso de mortero, hoy casi desaparecido por la erosión de siglos. Considerablemente más grandes que los de Micenas, otorgaban a los residentes de la corte una gran tranquilidad y les permitían disfrutar de una vida repleta de lujos. Pero eso no es todo. En su interior los arqueólogos han hallado una serie de galerías o corredores que conducían a unas cámaras. Éstas se comunicaban con unos pozos de agua subterránea que aseguraban el abastecimiento en caso de un asedio prolongado. Debieron recurrir a estas cisternas en bastantes ocasiones, pues el período micénico estuvo marcado por guerras continuas. Los accesos a la acrópolis también buscaban garantizar la seguridad. Una gran rampa situada en la falda oriental de la colina conducía a la ciudadela alta, y una puerta de grandes dimensiones, similar a la Puerta de los Leones de Micenas, señalaba la entrada al recinto del Palacio Real. Asimismo, había otras dos rampas de acceso, más pequeñas, en el lado oeste del emplazamiento y dos puertas arqueadas en la parte norte. Puede que la leyenda insista en que fue Proetus, hermano gemelo de Acrisius, rey de Argos (ambos descendientes del dios griego de las aguas, Poseidón). Pero la colina sobre la que se asienta la ciudad fue ocupada durante el Neolítico (5000 a. C. aproximadamente). Apenas queda rastro de aquella época, porque construcciones posteriores hasta la época micénica fueron destruyendo estratos anteriores. Tan sólo se han podido recuperar restos que datan del comienzo de la Edad del Bronce antiguo (2500-2000 a. C.), como el gran edificio circular hecho de piedra hallado justo debajo del Palacio Real. Sólo se ha excavado un segmento de él para preservar el superior. La Tirinto micénica fue uno de los estados más poderosos de la zona. Su cercanía al mar hizo del comercio su principal fuente de ingresos. Se han hallado gran profusión de restos cerámicos como vasos decorados con escenas de animales, como caballos, toros y pájaros -temática muy extendida entre los micénicos- y representaciones humanas. Los objetos más importantes se descubrieron en el Palacio Real. El hundimiento de la parte superior del edificio durante su destrucción, atribuida a los dorios (pueblo de habla griega que emigró al sur de la península helénica en varias oleadas), permitió que se resguardaran partes en la plaza inferior y se garantizara su conservación. Por ello, muchos fragmentos de las pinturas que decoraban las paredes de la sede real han salido a la luz en un estado relativamente bueno. |
03-oct-2008 22:28
#3
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Lo cierto es que los muros se construyeron en tres fases mediante enormes bloques de piedra, colocados unos encima de otros de forma irregular, pero con un marcado sentido horizontal. Se hizo uso de mortero, hoy casi desaparecido por la erosión de siglos. Considerablemente más grandes que los de Micenas, otorgaban a los residentes de la corte una gran tranquilidad y les permitían disfrutar de una vida repleta de lujos. Pero eso no es todo. En su interior los arqueólogos han hallado una serie de galerías o corredores que conducían a unas cámaras. Éstas se comunicaban con unos pozos de agua subterránea que aseguraban el abastecimiento en caso de un asedio prolongado. Debieron recurrir a estas cisternas en bastantes ocasiones, pues el período micénico estuvo marcado por guerras continuas. Los accesos a la acrópolis también buscaban garantizar la seguridad. Una gran rampa situada en la falda oriental de la colina conducía a la ciudadela alta, y una puerta de grandes dimensiones, similar a la Puerta de los Leones de Micenas, señalaba la entrada al recinto del Palacio Real. Asimismo, había otras dos rampas de acceso, más pequeñas, en el lado oeste del emplazamiento y dos puertas arqueadas en la parte norte. |