Jerónimo de Ayanz y Beaumont, el inventor de la máquina de vapor (1606)
05-dic-2008 22:21
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Un genio olvidado: Jerónimo de Ayanz
Siempre le oí decir a mi madre que no hay nadie más antiespañol que los españoles. Desgraciadamente, la experiencia me ha enseñado que es así ni más ni menos. Es un defecto muy hispánico sentir complejo de inferioridad hacia lo foráneo. Y hasta agachamos la cabeza y aceptamos las leyendas negras que nos imponen y somos los primeros en propagarlas, sin molestarnos en comprobar que no resisten el menor análisis. Desde luego, tampoco hay que irse al extremo opuesto y creernos más santos, buenos o listos que nadie (defecto al que siempre han sido propensos los anglosajones) y despreciar al resto del mundo. Pero sí es necesario compensar esa actitud tan negativa y tomar conciencia de nuestra valía, de lo que hemos aportado al mundo. Y una forma de recobrar la autoestima perdida es ahondar en la historia. Escarbar en el pasado y retirar los escombros amontonados por el olvido y por las tergiversaciones y manipulaciones de historiadores. Un aspecto prácticamente desconocido de nuestro pasado es el relativo a nuestro quehacer científico. Se nos ha hecho creer que nuestros siglos de oro fueron ciertamente una época de esplendor en las letras y las artes, pero que no somos un pueblo de científicos y vamos a la zaga de otros pueblos más capacitados de allende los Pirineos. Pero gracias a Dios, en los últimos años han empezado a publicarse algunos trabajos sobre la ciencia, la medicina y la tecnología de esos tiempos y ha salido a la luz documentación olvidada en los archivos. Entro otros autores, cabe citar al ingeniero y profesor de la Universidad de Valladolid D. Nicolás García Tapia, que ha sacado a la luz abundante documentación que dormía en Simancas y otros archivos nacionales, y a raíz de la cuales ha publicado numerosos trabajos de divulgación. Así fue como a principios del siglo XX el físico e historiador de la ciencia Pierre Duhem, gran conocedor de las lenguas clásicas, husmeando en archivos y bibliotecas de toda Francia descubrió innumerables manuscritos y documentos que fueron la base para su monumental obra Le système du monde, que en diez voluminosos tomos vino a echar por tierra la imagen esterotipada de la Edad Media como una época de oscurantismo e ignorancia. Imagen que tuvo su origen en el Renacimiento pero cobró vigor con la Reforma (lógico: de lo contrario Lutero, Calvino y compañía se quedaban sin muchos argumentos) y alcanzó su punto culminante en la Ilustración. Al final resultó que los grandes avances y descubrimientos de los científicos renacentistas no fueron sino la culminación de los trabajos de sus predecesores. Ya había dicho Bernardo de Chartres en el siglo XII aquello de «somos enanos subidos en hombros de gigantes». Pues bien, entre los grandes científicos hoy olvidados de nuestros siglos áureos, hay uno que descuella bastante entre los demás y sobre el cual el mencionado doctor García Tapia ha investigado durante más de quince años y escrito algunos libros y trabajos de gran interés. Me refiero al navarro Jerónimo de Ayanz y Beaumont. (Aclaración: El nombre por el que me identifico en el foro no es en honor a este inventor; tiene que ver con mi profesión de traductor, por mi santo patrono.) Descendiente de los reyes de Navarra, comendador de la Orden de Calatrava, luchó en Flandes junto a Farnesio, fue gobernador de Martos, regidor de Murcia y más tarde administrador de las minas del Reino. Es decir, que estaba a cargo de las 550 minas que había en la Península más la de América, tomando muestras y realizando ensayos. Si bien nunca llegó a visitar las de Indias, como era su deseo, estuvo en todas las de la Península. Dios fue generoso a la hora de concederle talentos: se cuenta que era bueno como cantor, músico, pintor y cosmógrafo. También era famoso por su fuerza, y los testimonios --exagerados sin duda-- nos lo presentan como una especie de Sansón capaz de doblar patos de metal con los dedos o arrancar una reja con las manos. Lope de Vega llegó a dedicarle un soneto en una obra de teatro hoy bastante olvidada. Pero el mayor don con que lo dotó la Providencia fue el de solucionar problemas, en muchos casos con un nivel tecnológico que no volvería a encontrase sino uno o dos siglos más tarde. Un documento de Felipe III fechado el 1 de septiembre de 1606 otorga privilegios de invención (lo que hoy en día llamaríamos patentes) a Jerónimo de Ayanz por nada menos que 48 inventos. Cabe señalar que, al contrario de otras invenciones, como algunas de Leonardo de Vinci, que quedaron en el papel, Ayanz llegó a hacer prototipos de todas estas y probarlas con éxito, ya que era un requisito para la concesión de patentes. Veamos algunas: --Creó un traje de buceo que permitió, el 2 de agosto de 1602, que un hombre permaneciera durante una hora tres metros bajo las aguas del Pisuerga en presencia del Rey y de la Corte, hasta que monarca se cansó y lo mandó salir. El aire se suministraba desde el exterior por medio de tuberías flexibles. Los buzos también podían ser autónomos, para lo cual iban provistos de vejigas de aire y fuelles que accionaban con los brazos. --La «barca submarina», verdadero sumergible, que construyó con madera calafateada que impermeabilizó recubriéndola de un lienzo pintado de aceite. Y avanzaba por medio de remos. Herméticamente cerrada, tenía un sistema de renovación de aire perfumado con agua de rosas, contrapesos para subir y bajar, ventanas de gruesos cristales y hasta unos guantes con los se podían recoger objetos desde el interior de la nave, de forma parecida a los que se utilizan en los laboratorios para manipular sustancias radiactivas dentro de un recipiente hermético. --Para los barcos que iban a América, ideó un horno con destilador de barro que eliminaba malos sabores al destilar el agua marina para su consumo por los navegantes. Incluía una suspensión cardán (como se llamaría actualmente) para que no se moviera con el vaivén de la nave. --Su cargo de administrador general de minas lo obligó a buscar la solución a numerosos problemas. Investigando en los archivos nacionales, descubrió minas que habían sido abandonadas por falta de recursos y estaban sin explotar. Ideó procedimientos para utilizar los minerales negrillos, los cuales permitieron la explotación de las minas de plata de Potosí, que se resistían a los métodos metalúrgicos entonces conocidos. También construyó molinillos, destiladores, hornos de fundición y hasta balanzas de precisión «que pesaban la pierna de una mosca». Un sifón con intercambiador le permitió desaguar minas inundadas. Lo más sorprendente, sin embargo, es el empleo del vapor para desaguar las minas o para producir lo que hoy conocemos como aire acondicionado. Hasta ahora se consideraba que el inglés Thomas Savery había patentado la primera máquina de vapor en 1698. La patente de Ayanz, como dijimos, es de 1606. Este sistema le permitió desaguar las minas de plata de Guadalcanal (Sevilla) y reactivarlas después de su desahucio. Perfeccionó el sistema con un eyector de vapor que le permitió refrescar el aire de las habitaciones. O sea, lo que ahora llamamos aire acondicionado. Todas estas invenciones las realizó entre 1598 y 1602. Ni Leonardo da Vinci había conseguido tantos avances en tan poco tiempo y, como dijimos, no quedaron en papel como muchos inventos de Leonardo. La concesión de las patentes exigía demostrar el funcionamiento de las invenciones. Los doctores Juan Arias de Loyola y Julián Ferrofino, dos de los científicos más prestigiosos del Reino, fueron a visitarlo a su casa de la Calle de la Cadena en Valladolid en marzo de 1602. La admiración por lo que vieron en la casa de Ayanz quedó reflejada en el informe que elevaron al Rey. Nunca habían visto nada semejante: balanzas de una precisión increíble, hornos muy variados, máquinas capaces de realizar múltiples operaciones industriales hasta entonces desconocidas. Al entrar a una sala, notaron un aire fresco y agradable que salía de un ramillete de flores situado en un jarrón sobre la mesa. Parecía cosa de magia. No podían imaginar que en nuestros tiempos actuales el aire acondicionado sería algo habitual, si bien producido por unos difusores menos estéticos que los que ocultaba el jarrón de flores de Ayanz. Vieron también los equipos de buceo y para sumergirse, que lógicamente no se podían probar en la casa, de modo que Felipe III dispuso que se hiciese la demostración en el río que mencionamos más arriba. Podría seguir hablando de otros aspectos en que Ayanz se adelantó a su tiempo, pero no quisiera alargarme demasiado. Con estos botones de muestra, da para hacerse una idea de su talento inventivo. http://www.hispanismo.org/showthread.php?t=4515 Así que, como dicen algunos cafres, antes de 1978, España estaba atrasadísima y arrinconada en la historia ... ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() |
05-dic-2008 23:08
#3
| Interesante. Siempre hemos tenido un gran problema, nuestros gobernantes. Se salvan bien pocos en nuestra historia. |
05-dic-2008 23:23
#4
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Un hallazgo que cambia la Historia La primera máquina de vapor fue española: Jerónimo de Ayanz elmanifiesto.com 29 de mayo de 2008 JOSÉ JAVIER ESPARZA Ni inglesa, ni francesa ni alemana: la primera patente de una máquina de vapor moderna, aquel invento que desencadenaría la revolución industrial, fue española. La registró en 1606, con otro medio centenar de inventos, el militar y político navarro Jerónimo de Ayanz y Beaumont, Administrador General de las Minas del Reino. No sólo la patentó, sino que además la aplicó. Era la época de Galileo, un tiempo vibrante para la ciencia. Cuando el inglés Savery patente su máquina de vapor, en 1698, lo hará sobre las ideas de don Jerónimo. Es una historia que vale la pena contar. De paso, borraremos muchos tópicos sobre el atraso científico de la España barroca. Podemos empezar nuestra historia con una curiosa estampa. Estamos en Valladolid, el 2 de agosto de 1602. Felipe III y su corte se han desplazado a orillas del Pisuerga para asistir a un espectáculo sorprendente: un hombre va a sumergirse hasta tres metros de profundidad. El hombre está embutido en una extraña vestimenta. Desaparece bajo el agua. Pasa el tiempo. El rey se inquieta. Durante una hora, los asistentes permanecen con el corazón encogido por la incertidumbre: ¿Habrá muerto? Finalmente, el buzo sale a la superficie: vivo y contento. Acaba de inventarse el primer traje de buzo registrado en España. Los asistentes aplauden al inventor: don Jerónimo de Ayanz, 49 años, caballero, militar y hombre de ciencia. Hoy pocos saben quien fue Jerónimo de Ayanz y Beaumont, pero en su época, a caballo entre los siglos XVI y XVII, fue una auténtica celebridad. Lo fue, ante todo, en el campo militar. Nacido en 1553, de familia noble, había empezado su carrera como paje de Felipe II. Dotado, según las crónicas, de una fuerza descomunal, había combatido en Túnez, San Quintín, Flandes, Portugal, las Azores, La Coruña… Había desmantelado una conjura francesa para asesinar en Lisboa a Felipe II. Lope de Vega le dedicaría unos versos en su comedia Lo que pasa en una tarde. Dicen así: “Tú sola peregrina no te humillas / ¡oh Muerte!, a don Jerónimo de Ayanza (…) / Flandes te diga en campo, en muro, en villas / cuál español tan alta fama alcanza. / Luchar con él es vana confianza/ que hará de tu guadaña lechuguillas”. Ayanz, caballero de la Orden de Calatrava, desempeñó importantes cargos públicos: regidor de Murcia y gobernador de Martos, Felipe II le nombró en 1587 administrador general de las minas del Reino, es decir, gerente de las 550 minas que había entonces en España y de las que se explotaban en América. Pero, además, don Jerónimo fue músico, pintor, cosmógrafo, empresario y, sobre todo, inventor. En 1606 se le reconoció la patente (“privilegio de invención”, se llamaba entonces) de medio centenar de inventos. Entre ellos, la primera máquina de vapor. El falso atraso de la España barroca Antes de explicar el invento de Ayanz conviene deshacer un tópico que ha falseado nuestra Historia: la España de los siglos de oro no fue un país atrasado en lo científico. Es verdad que, en 1558, Felipe II había prohibido a los españoles estudiar o enseñar en universidades de países que estuvieran en guerra con España. El asunto suele despacharse con una acusación de “oscurantismo” al rey y a la Iglesia, pero el motivo de aquella prohibición no era cultural o religioso, sino militar: había que impedir que el enemigo adquiriera los conocimientos españoles sobre náutica, cosmografía o armamento. El desarrollo de la ciencia y la tecnología estaba ligado a los fines militares; casi todos los trabajos debían ser secretos. Esa situación produjo un aislamiento de España respecto a la ciencia que se hacía en el resto de Europa, pero precisamente por eso Felipe II creó, a propuesta del arquitecto Juan de Herrera, la Academia de Matemáticas de Madrid en 1583. Hoy sabemos que la actividad científica de España en esos siglos fue intensa. Conocemos los inventos de Juanelo Turriano y Blasco de Garay, o la expedición de Francisco Hernández. Empezamos a conocer también, gracias al catedrático de Valladolid Nicolás García Tapia, los numerosos estudios tecnológicos de la época y los nombres de sus autores: Zubiaurre, Lobato, Lastanosa. ¿Por qué este trabajo fue, después, tan silenciado? Hoy tiende a pensarse que el tópico del “atraso” obedece más bien a la escasa formación tecnológica de los historiadores posteriores, que no supieron valorar la importancia de los datos custodiados en los archivos. El hecho es que no hubo tal atraso. La investigación tecnológica en España fue fruto directo de las exigencias del poder: un país que dominaba medio mundo, continuamente tenía que ofrecer respuestas técnicas a desafíos concretos. En el caso de don Jerónimo, ese desafío nació de su gestión al frente de las minas del Reino: había que aumentar su rentabilidad y solucionar problemas que iban desde la limpieza de los metales hasta los impuestos sobre los proveedores, pasando por el desagüe de las explotaciones inundadas por las lluvias. El propio Ayanz, hombre práctico, se lo expuso a Felipe III en un memorial donde venía a proponer lo siguiente: “Se deben dar exenciones y libertades a los que registren las minas, como se hacen en otros reinos donde las minas son más pobres que las españolas. Está comprobado que España es más rica en minas de oro, plata y otros metales que ningún otro reino de la Cristiandad, por lo que no es necesario importarlos. (…) La salida de España de los expertos alemanes sin que adiestrasen a los españoles ha sido la causa de que no funcionen correctamente los ingenios de las minas. (…) Es necesario nombrar jueces honrados que conozcan el funcionamiento de la minería, y que las apelaciones se hagan ante el administrador general de las minas y no ante otra instancia. Que no se les obligue a pagar a los dueños de las minas diezmos sobre los salarios de los trabajadores. (…) Hay que moderar el rigor de las leyes y pragmáticas referentes a las minas. Hay que modificar, en particular, los puntos referentes a los impuestos, que deben ser más bajos y facilitar la privatización de las minas reales. (…) Solamente en el caso de que no se encuentren particulares para la explotación de las minas de interés, debe hacerse cargo de ello la Hacienda Real”. El vapor Como se ve, don Jerónimo era un firme defensor de la iniciativa privada. Pero fue esa otra cuestión del desagüe, tan vital, la que le condujo a su invento. Las minas de la época tenían dos problemas serios: la contaminación del aire en su interior y la acumulación de agua en las galerías. Inicialmente, Ayanz inventó un sistema de desagüe mediante un sifón con intercambiador, haciendo que el agua contaminada de la parte superior, procedente del lavado del mineral, proporcionara suficiente energía para elevar el agua acumulada en las galerías. Este invento supone la primera aplicación práctica del principio de la presión atmosférica, principio que no iba a ser determinado científicamente hasta medio siglo después. Y si este hallazgo es realmente prodigioso, lo que eleva a Ayanz al rango de talento universal es el empleo de la fuerza del vapor. La fuerza del vapor de agua era conocida desde tiempos remotos. El primero en utilizarla fue Herón de Alejandría, en el siglo I. Mucho después, en el siglo XII, consta que en la catedral de Reims había un órgano que funcionaba con vapor. Los trabajos sobre la materia prosiguieron tanto en España como en Francia e Inglaterra. Lo que se le ocurrió a Ayanz fue emplear la fuerza del vapor para propulsar un fluido (el agua acumulada en las minas) por una tubería, sacándola al exterior en flujo continuo. En términos científicos: aplicar el primer principio de la termodinámica –definido un siglo después- a un sistema abierto. Además, aplicó ese mismo efecto para enfriar aire por intercambio con nieve y dirigirlo al interior de las minas, refrigerando el ambiente. Ayanz había inventado el aire acondicionado. Y no fue sólo teoría: puso en práctica estos inventos en la mina de plata de Guadalcanal, en Sevilla, desahuciada precisamente por las inundaciones cuando él se hizo cargo de su explotación. Don Jerónimo inventó otras muchas cosas: una bomba para desaguar barcos, un precedente del submarino, un traje de buceo (ese que veíamos al principio de nuestra historia), una brújula que establecía la declinación magnética, un horno para destilar agua marina a bordo de los barcos, balanzas “que pesaban la pierna de una mosca”, piedras de forma cónica para moler, molinos de rodillos metálicos (se generalizarían en el siglo XIX), bombas para el riego, la estructura de arco para las presas de los embalses, un mecanismo de transformación del movimiento que permite medir el denominado “par motor” es decir, la eficiencia técnica, algo que sólo siglo y pico después iba a volver a abordarse… Hasta 48 inventos le reconocía en 1606 el “privilegio” firmado por Felipe III. Decía así: “Y nos, superintendentes, que atento al trabajo, estudio y industria que habéis puesto en declarar y apurar los ingenios, trazas e invenciones, por la orden y forma contenida en la declaración y dibujos que aquí van insertos y declarados, tan útiles y necesarios a nuestro servicio y al bien público, fuésemos servido de daros y concederos nuevo privilegio para que vos y vuestros sucesores, y no otra persona sin licencia vuestra o suya, puedan usar de ella, o como la nuestra merced fuese. Lo cual, visto en el nuestro Consejo de la Cámara, habemos tenido por bien, y por la presente damos licencia y facultad a vos, el dicho don Jerónimo de Ayanz, para que por tiempo de los veinte años siguientes, siendo las dichas invenciones, ingenios y máquinas nuevos en nuestros reinos, podáis usar y uséis de ellas, so pena que cualquier otra persona o personas que sin tener vuestra licencia o de quien vuestro poder hubiere, durante el dicho tiempo hiciere o usare de los dichos ingenios o trazas de cualquiera de ellas, incurra por el mismo caso y hecho, cada vez que los hiciere, en cincuenta mil maravadís de pena y el arte perdido”. Ayanz murió demasiado pronto para gozar de esos veinte años de patente. Desde 1608 se había dedicado a la explotación privada de un yacimiento de oro cerca de El Escorial y a la recuperación de las minas de Guadalcanal, las mismas donde había aplicado por primera vez en el mundo una máquina de vapor. Pero enfermó gravemente. El 23 de marzo de 1613 moría en Madrid. Sus restos se trasladaron a Murcia, la ciudad que había gobernado. Hoy están inhumados en su catedral. Mientras tanto, la técnica del vapor siguió su camino. El inglés Somerset, sobre los trabajos de Ayanz, diseñó una máquina que a su vez le será copiada por el también inglés Savery y que se aplicó igualmente a la minas. El francés Papin, el alemán Leibniz, el inglés Newcomen… esos son los nombres del camino que lleva a la máquina de vapor atmosférica en 1712, antes de la máquina de Watt con condensador incorporado. Así empezaría la revolución industrial. Don Jerónimo de Ayanz y Beaumont fue uno de los mayores talentos de la historia de España. En muchos de sus planteamientos se adelantó dos siglos al nivel tecnológico de su tiempo. Algunos de sus inventos se hicieron de uso común; otros tendrían que esperar siglos para ser llevados a la práctica, porque no se contaba con los materiales adecuados ni se conocía bien el principio científico que los animaba. En todo caso, su obra habría sido imposible si la España de los siglos de oro no hubiera poseído un nivel científico muy superior al que la historia convencional nos cuenta. Y a don Jerónimo hay que recordarle como lo que fue: un verdadero genio |
06-dic-2008 01:50
#6
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:_( Una triste página para un hilo tan ilustrativo, por mí no será... Lo que no entiendo, leyendas negras hispanófobas aparte, es como su figura apenas ha sido ensalzada en España tanto al menos como las de la Cierva o Servet, por citar algunos otros científicos... |
06-dic-2008 02:00
#7
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La real expedición filantrópica de la vacuna (otra olvidada gesta española) En cuanto a este genio, si no fuera por un profesor universitario, aún seguiría perdido entre millones de legajos en el archivo de Simancas ... |
06-dic-2008 02:42
#9
| s a encontrado una maquina de vapor primitiva en tiempos de los griegos... solo hay que poner en google "maquina vapor griegos" y listo, hay cosas q mejor dejarlas como stan antes q complicarnos la vida... |
06-dic-2008 11:25
#10
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La máquina de vapor de Ayanz, la usó para bombear el agua de minas inundadas |
08-dic-2008 01:31
#11
con post como este me dan ganas de desvelaros algo...aqui se respira el ambiente adecuado,despues de 5 años en el foro
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Editado: 08-dic-2008 01:42 -
08-dic-2008 01:34
#12
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07-may-2018 02:19
#13
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Refloto. Hay varios hilos más sobre Ayanz, pero he visto uno lleno del gif de un gato y otro en el que restan importancia, como un shur aquí, pero con más vehemencia. Como si la de Watt no fuera tenida por importantísima por sus paisanos y el resto del mundo, a pesar de la esfera griega. Acaba de salir en el programa de Iker, y es alucinante a la par que triste, por lo poco divulgado y aprovechado en su momento, lo que dejó este hombre. Desde el precursor del traje de buzo, a la escafandra autónoma, pasando por la bomba de achique de doble empuje o el aire acondicionado, o el submarino. Ojo, que hablamos del siglo XVI . Como ha dicho unos de sus estudiosos, los inventos de Da Vinci no tuvieron aplicación práctica, ni siquiera hoy, mientras que muchos de los suyos los puso en práctica. Usó la máquina de vapor para sacar agua de las minas; el eyector de vapor para refrescar su casa y ventilar las minas,... Lo de la fuerza y que el enemigo huyera al verlo suena a leyenda engordada, pero los inventos están por escrito. Se dedicó, al parecer con éxito a múltiples disciplinas, y sin embargo es prácticamente un absoluto desconocido. ¡Cómo hubiera cambiado la cosa de haber nacido en otro país! Señores del cine español, ahí tenéis otra idea para una película. Es una historia de antes de la guerra, pero parece muy curiosa. |
07-may-2018 11:18
#16
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A los espanoles lo de inventar no se nos da muy bien. Pero lo de atribuirnos inventos y de decir "eso ya lo hizo primero un espanol en 15xx".... En eso somos los reyes. Acababamos antes diciendo que cosas NO se inventaron primero en Espana. |
07-may-2018 15:19
#17
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Eso sí, lo de que nos carguen mierdas que no nos pertenecen, no hay discusión alguna. |

