Fragmentos de novelas, citas, poesías... Literatura. Volumen II
18-abr-2012 21:08
#1
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Los idiomas son hijos del arado. De los surcos de la siembra vuelan las palabras con gracia de amanecida, como vuelan las alondras. La pampa argentina y la guazteca mexicana crearán una lengua suya, porque desenvuelven sus labranzas en trigales y maizales de cientos de leguas, como nunca vieran los viejos labradores del agro romano. Los idiomas son hijos del arado y de la honda del pastor. Caín tuvo labranzas, y rebaños Abel. Labranzas y ganados ocuparon la mente del hombre en el albor del mundo, después de la caída.¡La mente del hombre que ya estaba llena de la idea de Dios! Así advertimos en las más viejas lenguas una profunda capacidad teológica, y una agreste fragancia campesina. El pensamiento toma su forma en las palabras, como el agua en lavasija. Las palabras son en nosotros y viven por el recuerdo con vida entera, cuando pensamos. La mengua de nuestra raza se advierte con dolor y rubor al escuchar la plática de aquellos que rigen el carro y pasan coronados al son de los himnos. Su lenguaje es una baja contaminación: Francés mundano, inglés de circo y español de jácara. El romance severo, altivo, grave, sentencioso, sonoro, no está ni en el labio ni en el corazón de donde fluyen las leyes. Y de la baja substancia de las palabras están hechas las acciones. La entereza y castidad mental del vasco se advierte en los sones de su lengua, y la condición del brusco catalán asoma en su romance, que porta el olor de los pinos montañeses con la brea de los bajeles piratas y la sal del mar. La urgencia y cordura que hubo la Vieja Castilla en dictar fueros y ordenaciones,conforme cobraba sus villas de mano del moro, están en el bronce templado de su castellano. Y en el latín galaico cantan como en Geórgicas las faenas del campo con mitos y dioses, presididas por las fases de la Luna, regidora de siembras, de ferias y de recolecciones. Tres romances son en las Españas: Catalán de navegantes, Galaico de labradores, Castellano de sojuzgadores. Los tres pregonan lo que fueron, ninguno anuncia el porvenir. Toda mudanza substancial en los idiomas es una mudanza en las conciencias, y el alma colectiva de los pueblos, una creación del verbo más que de la raza. Las palabras imponen normas al pensamiento, lo encadenan, lo guían y le muestran caminos imprevistos, al modo de la rima. Los idiomas nos hacen, y nosotros los deshacemos. Ellos abren los ríos por donde han de ir las emigraciones de la Humanidad. Vuelan detierra en tierra, unas veces entre rebaños y pastores; otras, en la púrpura sangrienta de un emperador; otras, renovando la dorada fábula de los Argonautas, sobre la vela de las naves, con sol y con viento del mar. En las alas con que volaron cuando eran invasoras se mantienen muchos siglos las maternas lenguas, y declinan de aquel vuelo originario cuando nace una nueva conciencia. El espíritu primitivo — pastoril, guerrero o mitológico — deja de animarlas, nace otro espíritu en ellas y abre círculos distintos. El encontrado batallar del alma humana agranda la cárcel de los idiomas, y a veces sus combates son tan recios, que la quiebra. Y a veces los idiomas son tan firmes en sus cercos, que nuestras pobres almas no hallan espacio para abrir las alas, y otras almas elegidas, místicas y sutiles, dado que puedan volar, no pueden expresar su vuelo. Los idiomas nos hacen, y nosotros hemos de deshacerlos. Triste destino el de aquellas razas enterradas en el castillo hermético de sus viejas lenguas, como las momias de las remotas dinastías egipcias, en la hueca sonoridad de las Pirámides. Tristes vosotros, hijos de la Loba Latina en la ribera de tantos mares, si vuestras liras no quebrantan todas las cadenas con que os aprisiona la tradición del Habla. ¡Y más triste el destino de vuestros nietos, si en lo por venir no engendran dialectos suyos,ciclos de una nueva conciencia en la lengua de los Conquistadores! Al final de la Edad Media, bajo el arco triunfaldel Renacimiento, estaba la sombra de Platón meditando ante elmar azul poblado de sirenas. ¿Qué sombra espera bajo los arcos del Sol al fin de Nuestra Edad? La lámpara maravillosa, Valle-Inclán. Corregir el estilo es corregir el pensamiento. ¡Nada menos! Quien no lo comprenda enseguida no lo comprenderá nunca. Azorín Las naturalezas groseras se parecen a las cándidas en que para ellas no hay transiciones [en su comportamiento]. Los miserables, Victor Hugo Las combinaciones irregulares de la invención caprichosa pueden deleitarnos un rato por la novedad que la hartura común de la vida nos obliga a buscar; pero los placeres del asombro imprevisto se agotan pronto y la mente sólo puede hallar reposo en la estabilidad de la verdad. Samuel Johnson Ineluctable modalidad de lo visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos. Las signaturas de todas las cosas estoy aquí para leer; huevas y fucos marinos, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platazul, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano. Pero añade él: en los cuerpos. Entonces, se daba cuenta de ellos, de los cuerpos, antes que de ellos coloreados. ¿Cómo? Golpeando contra ellos la mollera, claro. Despacito. Calvo era y millonario, maestro de cholor che sanno. Límite de lo diáfano en. ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. Si se pueden meter los cinco dedos a través suyo, es una verja; si no, una puerta. Cierra los ojos y ve. Ulises, Joyce Ya ven ustedes que no he dicho nada nuevo. Estas ideas se han comentado mil veces de palabra y por escrito. En cuanto a mi división de la humanidad en seres ordinarios y extraordinarios, admito que es un tanto arbitraria; pero no me obstino en defender la precisión de las cifras que doy. Me limito a creer que el fondo de mi pensamiento es justo. Mi opinión es que los hombres pueden dividirse, en general y de acuerdo con el orden de la misma naturaleza, en dos categorías: una inferior, la de los individuos ordinarios, es decir, el rebaño cuya única misión es reproducir seres semejantes a ellos, y otra superior, la de los verdaderos hombres, que se complacen en dejar oír en su medio "palabras nuevas. Naturalmente, las subdivisiones son infinitas, pero los rasgos característicos de las dos categorías son, a mi entender, bastante precisos. La primera categoría se compone de hombres conservadores, prudentes, que viven en la obediencia, porque esta obediencia los encanta. Y a mí me parece que están obligados a obedecer, pues éste es su papel en la vida y ellos no ven nada humillante en desempeñarlo. En la segunda categoría, todos faltan a las leyes, o, por lo menos, todos tienden a violarlas por todos sus medios. »Naturalmente, los crímenes cometidos por estos últimos son relativos y diversos. En la mayoría de los casos, estos hombres reclaman, con distintas fórmulas, la destrucción del orden establecido, en provecho de un mundo mejor. Y, para conseguir el triunfo de sus ideas, pasan si es preciso sobre montones de cadáveres y ríos de sangre. Mi opinión es que pueden permitirse obrar así; pero..., que quede esto bien claro..., teniendo en cuenta la clase e importancia de sus ideas. Sólo en este sentido hablo en mi artículo del derecho de esos hombres a cometer crímenes. (Recuerden ustedes que nuestro punto de partida ha sido una cuestión jurídica.) Por otra parte, no hay motivo para inquietarse demasiado. La masa no les reconoce nunca ese derecho y los decapita o los ahorca, dicho en términos generales, con lo que cumple del modo más radical su papel conservador, en el que se mantiene hasta el día en que generaciones futuras de esta misma masa erigen estatuas a los ajusticiados y crean un culto en torno de ellos..., dicho en términos generales. Los hombres de la primera categoría son dueños del presente; los de la segunda del porvenir. La primera conserva el mundo, multiplicando a la humanidad; la segunda empuja al universo para conducirlo hacia sus fines. Crimen y castigo, Fiódor Dostoyevski Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado. Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo. Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia. Wislawa Szymborska Autores favoritos: Ignatius Reilly: Mijaíl Shólojov, Fiódor Dostoyevski, David Foster Wallace. Rafeta6: Marcel Proust, Fernando Pessoa, Pío Baroja. Vedder: Ramón Gómez de la Serna, Francisco Umbral, Philip Roth. Clipman: Juan Goytisolo, Elias Canetti, Venedikt Erofeev. Jarohe I: Franz Kafka, Johann Wolfgang von Goethe, Thomas Mann. Raymond K Hessel: William Faulkner, Ernest Hemingway, David Foster Wallace. Groening: Victor Hugo, Henryk Sienkiewicz, Goerge Bernard Shaw. Enlace al primer volumen: http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?t=2031427 |
Editado: 01-abr-2014 01:45 -
18-abr-2012 21:14
#3
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La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas En el camino (Jack Kerouac) |
18-abr-2012 21:28
#4
| Hombre, ya por el volumen 2. Entro de vez en cuando y la mayoría de las veces los hago más por los comentarios de los shurmanos y por conocer nuevos autores y libros. |
18-abr-2012 21:39
#5
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Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana. Córtalas a destajo, desaforadamente, sin pararte a pensar si son malas o buenas. Que no quede ni una. Púlete los rosales que encuentres a tu paso y deja las espinas para tus compañeras de colegio. Disfruta de la luz y del oro mientras puedas y rinde tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico que va por los jardines instilando veneno. Goza labios y lengua, machácate de gusto con quien se deje y no permitas que el otoño te pille con la piel reseca y sin un hombre (por lo menos) comiéndote las hechuras del alma. Y que la negra muerte te quite lo bailado. "Collige, virgo, rosas", Luis Alberto de Cuenca. |
18-abr-2012 21:41
#6
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No es verdad, ángel de amor, que en esa apartada orilla se ha cagado una chiquilla y hasta aquí llega el olor? |
18-abr-2012 21:51
#8
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Pull my daisy Tip my cup Cut my thoughts for coconuts Jack my Arden Gate my shades Silk my garden Rose my days Bone my shadow Dove my dream Milk my mind & Make me cream Hop my heart on Harp my height Hip my angel Hype my light Heal the raindrop Sow the eye Woe the worm Work the wise Stop the hoax Where's the wake What's the box How's the Hicks Rob my locker Lick my rocks Rack my lacks Lark my looks Whote my door Beat my beer Craze my hair Bare my poor Say my oops Ope my shell Roll my bones Ring my bell Pope my parts Pop my pet Poke my pap Pit my plum "Pull my daisy", Jack Kerouac. |
18-abr-2012 21:54
#9
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Fairchild dijo: -¿Entonces te opones a la religión, en general? -Por supuesto que no -respondió el semita-. El único sentido en que la religión es general es cuando beneficia al mayor número de personas de la misma manera. Y el beneficio universal de la religión es que saca a los niños de casa el domingo por la mañana. -Pero la educación los saca de casa cinco días a la semana -señalo Fairchild. -Eso también es verdad, pero yo no estoy en casa esos días: la educación ya me ha sacado de casa seis días por semana. El camarero trajo el café del señor Talliaferro. Fairchild encendió otro cigarrillo. -¿Así que piensas que el único logro de la educación es que nos mantiene fuera de casa? -¿Qué otro resultado general puedes citar? No nos hace valientes o sanos o sabios, ni siquiera nos mantiene casados. De hecho, seguir una educación según el procedimiento moderno es como casarse con prisa y pasar el resto de tu vida sacando lo mejor de eso. Pero entiéndeme: no tengo ninguna discrepancia con la educación. No creo que te haga mucho daño, si exceptuamos que te hace infeliz e inútil para el trabajo, una maldición que los dioses lanzaron al hombre antes de enterarse de lo que era la educación. Y si no hubiera educación, habría algo igual de malo, quizá peor. El hombre tiene que ocupar su tiempo de alguna manera, ya sabes. "Mosquitos", William Faulkner. |
18-abr-2012 21:55
#10
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La raza -dijo Fairchild- se acaba. En otros tiempos hacíamos las cosas con músculo. Después descubrimos que no todas las criaturas tienen la misma clase de músculo, así que inventamos formas de hacer cosas con palos y piedras. Después alguien inventó una forma de usar baratijas brillantes para que la gente con palos y piedras hiciera lo que ellos querían que hicieran. Y ahora la gente con palos y piedras va a conseguir todas las baratijas brillantes, de forma que solo nos quedarán las palabras. Y ese es el último recurso. Cuando alguien invente una forma de producir palabras sin proceso mental, ¿dónde estaremos nosotros, los usuarios de palabras? -El que inventó la política estadounidense ya ha hecho eso- dijo el semita. -Pero la política estadounidense no es universal -respondió Fairchild-. Ninguna otra nación podría permitírsela. Aunque si el respeto y la creencia del mundo en las palabras flaquean alguna vez... -Será un día desgraciado para ti, en todo caso -dijo el semita. -¿Sí? -preguntó Fairchild. -Tendrías que ponerte a trabajar. -Bueno, a mí no me molesta el trabajo. -A nadie le molesta. Al contrario, de hecho. Esa es la razón por la que vosotros estáis tan insatisfechos con vuestra perversión. El obrero maldice su trabajo; el sábado por la noche hasta el lunes. ¿Pero has conocido alguna vez a un escritor que admita que no está planeando o escribiendo una novela constantemente? ¿O incluso dos o tres? Fairchild meditó un momento. -Sí, tienes razón. Tenemos que decir que estamos escribiendo una nueva novela al margen de que sea verdad o no. -Por supuesto que sí. El arte va contra la naturaleza: los que lo eligen son pervertidos, y al elegirlo dejan atrás todo lo demás. Así que admitir que no estás trabajando en algo es admitir que tu vida es temporalmente absurda y por tanto insoportable... -Sí -repitió Fairchild-. Pero ¿por qué perversión? -¿Perversión? -A ti no te parece natural que un hombre se pase la vida haciendo pequeñas marcas torcidas en un papel, ¿verdad? Haciendo cosas con colores, o enhebrando unos sonidos con otros, ahora, te garantizo... El semita volvió a palmearse la nuca, -Sabe Dios -dijo Fairchild. "Mosquitos", William Faulkner. |
18-abr-2012 22:33
#14
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Era cenora y los flexosos tovos en los relonces giroscopiaban, perfibraban. Mísvolos vagaban los borogovos y los verdirranos extrarrantes gruchisflaban... Alicia en el País de las Maravillas. Lewis Carrol. |
19-abr-2012 00:10
#15
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Como dice Jarohe I, más que nada es echarle ganas. No es excesivamente difícil de entender. Una estructura muy depurada y muchísimas referencias culturales, eso sí; pero no creo que quieras llegar a aprehender la obra hasta ese nivel, y si así fuera, hay una enorme cantidad de información en la red. La traducción de J. M. Valverde es muy buena. ....................................... Pues dejo también yo aquí un texto que puse en el hilo provisional. En esta hora del crepúsculo está sentado en pleno campo, y delante de una venta, un viandante. Por la puerta de la venta pasa un camino. El viandante es de rostro aguileño, cabello castaño y frente lisa y desembarazada. Sus ojos son alegres y su nariz es corva, aunque bien proporcionada. Grandes bigotes ensombrecen la boca. Si se levantara, le veríamos ligeramente cargado de espaldas. Pesan sobre el viandante muchos trabajos. Todo el verano ha estado corriendo por los campos y visitando los cortijos. Se ve forzado a tratar con gente ruda; se ve rodeado de un ambiente espiritual que no es el suyo. Existe un profundo desequilibrio -57- entre su sensibilidad y la atmósfera espiritual en que se mueve. Ha publicado este viandante algunos libros; en una de las más grandes batallas de la Historia se ha portado heroicamente y ha quedado con una mano lisiada. Y ahora, entre gente zafia, de venta en venta, y de pueblo en pueblo, él se siente íntimamente contristado. Cuando nos sentimos superiores a las cosas que nos rodean y la necesidad nos mantiene ligados a esas cosas, poco a poco nuestro espíritu se va concentrando en un ideal íntimo. Nos conformamos, sí, con la realidad; aceptamos la vida tal como se presenta. La bondad lo es todo en el mundo, y la bondad puede mostrarse, desbordando de nuestro corazón, en todos los momentos y en todos los lugares. Pero esta conformidad tiene su desquite en el ensueño interior. Sí; el mundo es amargo para nosotros. Ya a nuestra edad nos despedimos de la esperanza; el mundo no será ya otro para nosotros; si habíamos esperado un azar dichoso, el azar, el caso, la fortuna impensada, no vienen. Dejamos el mundo material y creamos para nosotros, sólo para nosotros, otro mundo fantástico. En ese ideal que nosotros solos guardamos, se reconcentra toda nuestra vida. Sin ese asidero imaginario -imaginario y salvador- nuestro espíritu se hundiría en el abismo. Y podremos trafagar por los pueblos y por las ventas, como este viandante; podremos tratar con gente ruda; podremos sufrir adversidades; pero allá en lo íntimo de nuestro ser se eleva para nosotros solos un mundo que todos los días, en nuestras meditaciones, vamos purificando y hermoseando. Las sugestiones de los libros importan mucho; pero en vano serían las sugestiones de los libros, leídos acá y allá, si no se llevara en el ánimo este desequilibrio de que hablamos. Las lecturas no hacen más que ayudar a la gestación de la obra. Las lecturas son simplemente la piedra aguzadera del ensueño. En el interior de la venta se oyen gritos y ruidos de golpes. El viandante se levanta y entra en la casa. Un caballero riñe con el dueño del mesón. Alto, escuálido, huesudo, semeja el caballero una figura de pasadas centurias. Nadie entiende la fabla arcaica con que habla. La pendencia ha sido por querer amparar el caballero a un menesteroso a quien el ventero intentaba arrojar de la casa. Cuando ha entrado en el zaguán el viandante, todos han callado; había en la mirada de este hombre un dulce imperio. El ventero se reporta; está enhiesto el caballero de la figura triste, con los brazos tendidos en ademán de amparo al menesteroso; contempla éste ya al caballero, ya al viandante que acaba de entrar. Y cuando el señor de la prestancia antigua ha declarado el caso en peregrinas razones, el viandante ha sonreído levemente -con sonrisa de inefable bondad-, se ha acercado a él y le ha estrechado contra su pecho. El ensueño interior del viandante -¡oh maravillosa ironía!- se concretaba, fuera, en el mundo, en la persona de un loco. Azorín |
Editado: 19-abr-2012 00:27 -
19-abr-2012 20:25
#17
Me paso por aquí, a ver si acabo ya esté curso y me pongo a leer todo ese mogollón de cosas que quiero leer. Necesito agenciarme un ebook hasta que tenga dinero para autoabastecer mis necesidades
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25-abr-2012 19:36
#19
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Dejo mi ensayo favorito de Montaigne. Venga, hasta luego: Edito: No. Casi mejor que no. Lo enlazo: http://www.cervantesvirtual.com/obra...157.html#I_31_. |
Editado: 25-abr-2012 19:44 -
04-may-2012 21:10
#22
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Cuento de Qeros entresacado de La hija de Agamenón (Ismaíl Kadaré) Una noche, Qeros se precipitó en el mundo subterráneo... Tras su desdichada caída, Qeros hizo todo lo posible por encontrar el camino y los medios de ascender de nuevo al mundo superior. Vagó y vagó de acá para allá, hasta que un anciano le mostró la solución. Conocía un pajarraco que podía llevarle sobre sus alas hasta allí, sólo que con una condición: a lo largo de todo el camino, ¡el ave de presa tenía necesidad de comer carne cruda! A Qeros no le pareció una condición dificil de satisfacer. En el mundo subterráneo, se proveyó de cierta cantidad de carne, la cargó sobre el lomo de la rapaz y así dio inicio a su viaje en dirección al mundo superior. En el trayecto, el ave reclamaba carne de tanto en tanto, y Qeros le iba cortando pedazos. El vuelo del águila en dirección al mundo superior se prolongaba más de lo que había imaginado Qeros. Los últimos pedazos de carne ya se le habían acabado y él contemplaba con gesto desesperado el pozo negro a través del cual no cesaban de volar. El abismo parecía no tener fondo. Cra, cra, graznó el águila, y aquél era el grito que anunciaba su apetito. Qeros temblaba de terror. ¿Qué podía darle? Si no consigue su ración de carne cada vez que te la pida, ella te arrojará al abismo, le había advertido el viejo. Cra, graznó por segunda vez el águila. Sin pensárselo más, Qeros se dio un tajo en su propio brazo y cortó una loncha de carne. Cra, cra, gritó el águila al cabo de algún tiempo, y él se vio obligado a rebanar una nueva tajada de carne de su muslo. Continuaba sondeando tristemente el negro pozo abismal cuyo fondo no alcanzaba a divisarse. Luego sus ojos se detuvieron por turno sobre aquellas partes de su cuerpo que debería cortar cuando el águila volviera a graznar reclamando su pitanza. ¡Oh, Señor, dolían todas por igual! El águila volaba sin descanso a través de las gélidas tinieblas. De cuando en cuando volvía a gañir y él cortaba con el cuchillo a veces una, a veces otra parte de su cuerpo. El vuelo no parecía tener fin. En ocasiones, a él le parecía distinguir turbiamente una luz en la lejanía. Pero no era más que un engaño de sus ojos fatigados. Cra, cra... Había comenzado a entregarle porciones del pecho, ya que el resto de las zonas de su cuerpo estaban ya prácticamente despojadas. De nuevo en la distancia parecía brillar un tenue resplandor... No se supo nunca si aún permanecía consciente en el momento en que el águila consiguió remontarse al mundo superior. Sólo se cuenta que las gentes de ese mundo, al menos los que casualmente se encontraban allí en ese momento, vieron sin dar crédito a sus ojos un gran pájaro negro que cargaba sobre el lomo un esqueleto humano. ¡Eh, venid a ver qué cosa tan increíble!, se gritaban unos a otros desde lejos. Un águila que lleva encima la osamenta de un muerto |
14-may-2012 16:09
#25
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Ciego por voluntad y por destino Porque todo es igual y tú lo sabes, has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta con ese mismo gesto con que se tira un día, con que se quita la hoja atrasada al calendario cuando todo es igual y tú lo sabes. Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz para volver a comprobar que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año; y después, te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo, definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes. Has llegado a tu casa, y ahora querrías saber para qué sirve estar sentando, para qué sirve estar sentado igual que un náufrago entre tus pobres cosas cotidianas. Sí, ahora quisiera yo saber para qué sirve el gabinete nómada y el hogar que jamás se ha encendido, y el Belén de Granada –el Belén que fue niño cuando nosotros todavía nos dormíamos cantando– y para qué puede servir esta palabra: ahora cuando empieza la nieve, cuando nace la nieve, cuando crece la nieve en una vida que quizás está siendo la mía, en una vida que no tiene memoria perdurable, que no tiene mañana, que no conoce apenas si era clavel, si es rosa, si fue azucenamente hacia la tarde. Sí, ahora me gustaría saber para qué sirve este silencio que me rodea, este silencio que es como un luto de hombres solos, este silencio que yo tengo, este silencio que cuando Dios lo quiere se nos cansa en el cuerpo, se nos lleva, se nos duerme a morir porque todo es igual y tú lo sabes. Sí, he llegado a mi casa, he llegado, desde luego, a mi casa, y ahora es lo de siempre, lo de nogal diario, los cuadros que aún no he tenido tiempo de colgar y están sobre la mesa que vistió de volantes mi hermana, la madera que duele, y la pequeña luz deshabitando la habitación, y la pequeña luz que es como un hueco en la penumbra, y el vaso para nadie y el puñado de sueño, y las estanterías, y estar sentado para siempre. Sí, he vuelto de la calle; estoy sentado; la nieve de empezar a ser bastante sigue cayendo, sigue cayendo todo, sigue haciéndose igual, sigue haciéndose luego, sigue cayendo, sigue cayendo todo lo que era Europa, lo que era mío y había llegado a ser más importante que la vida, lo que nació de todos y era como una grieta de luz entre mi carne, sigue cayendo, sigue cayendo todo lo que era propio, lo que ya estaba liberado, lo que ya estaba descolorido por la vida, sigue cayendo, sigue cayendo todo lo que era humano, cierto y frágil lo mismo que una niña de seis años que llorara durmiendo, sigue cayendo, sigue cayendo todo, como una araña a la que tú vieras caer, a la que vieras tú cayendo siempre, a la que vieras tú mismo, tú, tristemente mismo, a la que vieras tú cayendo hasta que te tocara en la pupila con sus patas velludas, y allí la vieras toda, toda solteramente siendo araña, y después la sintieras penetrarte en el ojo, y después la sintieras caminar hasta adentro, hacia dentro de ti caminando y llenándote, llenándote de araña, y comprobaras que estabas siendo su camino porque cegabas de ella, y todavía después la sintieras igual, igual que rota y todavía… –¡Buenas noches, don Luis! –. Sí, es verdad que el sereno cuando me abrió esta noche la cancela, me ha recordado a la palabra “igual”; me ha recordado que estaba ya, desde hace muchos años, haciéndose gallego inútilmente porque ya lo sabía, porque ya lo sabía, y casi le zumbaba la boca como un trompo, a fuerza de callar y de tener la cara expectante y atónita. Sí, es verdad, Y ahora comprendo por qué me ha recordado a la palabra “igual”: era lo mismo que ella, era igual y tenía las llaves enredadas entre las manos pero sirviéndole para todo como sus cinco letras, las cinco llagas de la palabra igual, las cinco llagas que le sonaban luego, que le sonaban igual que ayer y que mañana, igual que ahora siento de pronto, ahogada en la espesura de silencio que me rodea, como una vibración mínima y persuasiva de algo que se mueve para nacer, y es un ruido pequeño, casi como un latido que sufriera, como un latido en su claustro de musgo, como un niño de musgo que porque duele tiene nombre, tiene ese nombre que únicamente puede escuchar la madre, ese nombre que ya duele en el vientre, que ya empieza a decirse a su manera. Y es un sonido de algo interior que vibra, de algo interior que está subiendo a mi garganta como el agua en un pozo, igual que esa palabra que no has pensado aún mientras la estás diciendo, y después se hace radiante, ávido, irrestañable, y ahora es ya la memoria que se ilumina como un cabo de vela que se enciende con otra, y ahora es ya el corazón que se enciende con otro corazón que yo he tenido antes, y con otro que yo entristezco todavía, y con otro que yo puedo tener, que estoy teniendo ahora, un corazón más grande, un corazón para vivirlo, descalzo y necesario, un corazón reunido, reunido de otros muchos, igual que un olor único que hacen diversas flores; y pienso que quizás estoy ardiendo todo, que se ha quemado la palabra “igual”, nos vibra el corazón como cristal tañido; nos vibra, está vibrando ya con este son que suena, con este son, con este son que suena enloqueciendo ya la casa toda, mientras que se me va descoloriendo el alma por una grieta dulce. Desde el umbral de un sueño me llamaron La palabra del alma la memoria y en el bosque donde vuelve a ser árbol cada huella la sustancia del alma es la palabra; la palabra donde todas las cosas extensas y reales se encienden mutuamente y de nosotros, se encienden mutuamente y conviviéndose desvarían lo mismo que un espejo, que algunas veces, cuando lo quiere Dios, tiene unas décimas de fiebre, porque todo es distinto y tú lo sabes. He llegado a mi cuarto, igual que siempre, y al desnudarme me siento entumecido de alegría, como si el cuerpo me sirviera de venda y me cegara, y yo estuviera siendo de una materia casi cristal de niño, casi nieve de niño alucinado, porque todo es distinto y tú lo sabes. Sí, allí estaban los muebles, allí estaba el armario, allí estaba el perchero, manteniendo en el aire, como un acróbata, los trajes, los silencios y los sombreros sucesivos; allí estaba aquel lecho, que desde hace varios años viene siendo, generalmente, utilizado por mí como un desván para arrumbar los sueños, para arrumbar todos los sueños que se me quedan largos, para arrumbar todos los cuerpos que se me quedan cortos y demasiado usados, todos los cuerpos míos que no me sirven ya para vivir; y allí estaban los muros por los cuales se escucha, durante todo el día, gotear la voz de las criadas, gotear la humedad femenina, la palabra que se resiente un poco de cojera, la palabra insistente e ineludible, frente a la cual, a veces, quisiéramos quedarnos sordos hasta los huesos, y ahora no están aquí, no están conmigo, ¡y ahora ya no hay perchero, ni armario, ni lecho, ni humedad en el muro! Hay sólo una ventana —una ventana sola sobre el aire— y tras de la ventana veo encendida la habitación de enfrente, la habitación que yo pensé que habitarían mis hijos. No puedo comprenderlo; desde que habito en esta casa no se ha encendido nunca —estoy seguro de ello—, no la he encendido nunca, y ahora ha llegado allí la luz no sé de dónde, no sé de cuándo, y resplandece; y como toda luz está diciendo un nombre, y como en toda luz se siente una llamada, me he vestido de prisa, me he vestido correctamente, me he vestido como si estuviera situando un pelotón de soldados en la frontera, en la misma frontera de mi alma, para estar prevenido, para tener la seguridad de que había hecho cuanto era necesario para vivir, y salgo, y voy corriendo por el pasillo ciego, y voy corriendo hacia la luz, hacia la habitación que está encendida, y rompiendo a callar mientras dice mi nombre. —Hola, Luis, ¿cómo estás?— Y era verdad, era verdad como una calle que nos lleva a la infancia, como una calle que nos duerme, y que después de nieve puede volver aún... y todavía, puede hacerse real, y estar allí contigo, estar allí conmigo, tendiéndome la mano, como el libro de música sobre el atril sigue esperando que alguien pase la hoja que ya tiene cantada; sí, era real, y por lo tanto era un milagro, y estaba allí, mirándome con aquella mirada suya, tan suave y tan honda, que parecía que iba quemándose mientras miraba; era como un milagro entre las mesas de oficina, y las revistas que se escribieron como oficios que nunca han sido tramitados, y los libros irreparables y caídos, que ya no pueden ser abiertos, y están doblando entre sus hojas algo, que vuelve a ser materia... Y Juan estaba allí, como había estado aquellos años que convivimos juntos, como había estado siempre que yo pensaba en él, desde aquel día en que dejé de verle; y estaba siempre igual, pero viviendo, viviendo en aquel cuarto donde duermen mis hijos, donde duermen los hijos que yo espero tener, que yo quiero tener, y estaba allí meciéndoles el sueño, meciéndoles ya el sueño, entre todos los objetos inútiles: los archivadores de la botánica comercial, los ficheros, la descolocación y los sillones basculantes, levantándolo todo hacia la vida. —Hola Luis, ¿cómo estás?— Es Juan Panero quien me habla; murió y era mi amigo. Y ahora, después de nieve, después de siempre, ha venido, ha venido. (¡Sí, tú también tendrás calle, tú siempre la tuviste, tú siempre tienes calle para llegar a mí!) Sí, ha sido Juan Panero quien me ha puesto en camino, ha sido Juan Panero que murió hace diez años y que ahora está conmigo porque siempre volvía. Siempre era puntual; hablaba poco, hablaba muy despacio, parecía que estuviera escribiendo, parecía como un niño que pensaba escribiendo, parecía como un niño que nos llevaba a todos de la mano. Era proporcionado de sueño y estatura, y no podía cambiar porque estrenaba su vigoroso corazón a todas horas, y ahora he vuelto a encontrarle, ahora se encuentra aquí porque siempre volvía. —Tú tienes una luz; tú sí la tienes; tú siempre la has tenido; callábamos los dos, callábamos los dos para abrazarnos dentro de aquella parte de nuestro corazón, donde no hubiera ruido, donde no hubiera nieve amontonada que cegara la puerta, donde no hubiera ya, sino una sola cosa. Tenía que ser así; tenía que ser de esta manera, llegando de este modo, —Y tú Juan, ¿cómo estás? Y tú allí, ¿cómo estás?— y tú seguías callado, y tú callabas de una manera extraña como diciendo tu silencio, y tú callabas volviéndote a morir para decirlo. Quizá pasaba el tiempo; quizá volvía; quizá estaba allí, con nosotros, sentado. Está mucho mejor —pensaba yo—, ha crecido hacia el Cielo, ha crecido hacia mí, igual que una palabra convencida que se dice entre dos, igual que un muerto que se siente crecer, igual que un muerto “bueno” que continúa creciendo, que puja y crece dentro de varios corazones y en cada uno de ellos sigue cumpliendo, al mismo tiempo, distinta edad, la edad de esta palabra mía, de esta palabra que no he vuelto a escribir hasta verte de nuevo, hasta poder hablarte como te estoy hablando ahora. Quizá pasaba el tiempo; quizá volvía. —¿Recuerdas a Piedad? ¿recuerdas que decías que ella no había nacido para cumplir tus mismos años?— Y tú sigues callado, sigues callado ahora porque no puedes recordar, porque tú lo ves todo al mismo tiempo, lo estás viviendo todo ya junto y encendido. —Y aún lo sigues viviendo, ¿no es verdad?— Volvíamos de la clase donde nosotros nos sentábamos entre el latín y entre el silencio de ella; yo te había dicho: —Espera en el pasillo, ¡no seas tonto!, no es preciso dar clase para estar a su lado. Y tú me respondiste: —No es eso, ¿sabes? Debo entrar, me es necesario entrar; estoy acostumbrándome, y aprendiendo a callar junto a ella. Y lo aprendiste para siempre porque tú tienes una luz; tú sí la tienes; tú siempre la tuviste, una luz que era la que alumbraba esta habitación cuando yo la miré desde mi cuarto, una luz que era una de las cosas que tú ya estabas siendo, igual que estabas siendo marinero, igual que estabas siendo una salida al campo, igual que estabas siendo hombre; y era una luz que tú podías vivir, que tú podías hablar, que tú decías, que tú decías con una voz tan quieta que se iba haciendo igual que un árbol, que se iba haciendo árbol, para repartirse de rama en rama entre aquellos que la escuchábamos, y a cada uno nos hablaba de manera distinta, nos hablaba quedándose en nosotros como si no supiera ya volver contigo, como si no siguiera siendo tuya, caritativamente tuya, como si hubieras olvidado que vivías mientras que nos hablabas, como si hubieras olvidado que nosotros te llamábamos Juan. Tú lo sigues viviendo como entonces. Volvíamos de clase y el Guadarrama estaba allí, haciéndose más alto cada día, más de nieve y tan alto que era preciso crecer para mirarle. En aquel tiempo las compañeras no jugaban apenas, no conocían su oficio porque se tramitaban en latín durante todo el día, y después —ya después— y a la hora de acostarse, se lloraban durmiendo, se lloraban las unas a las otras, destituyéndose a sí mismas, cristalizando todas sobre una sola lágrima, llorándose entre todas y entre todas igual. Y la mañana aquella era más dulce que una sonrisa que se ha quedado quieta y ya no es tuya; íbamos todos juntos; ¿iríamos todos juntos?: Pilar, María Josefa, Concha, Piedad, acaso Lola, Luis Felipe y nosotros. ¿Recuerdas? María Josefa era muy tristemente, muy hondamente verdadera, tenía la boca joven como una huella recién pisada, tenía la pena única, tenía la pena de esos niños que se han quedado solos en la cocina de la casa cuando todos se van, tenía la pena de esos niños que nunca son “mayores” cuando llega un viaje; Concha era siempre alegre, siempre después de alegre, y por este bautismo era difícil contemplarla de tan clara que era; pero más tarde, algo de su alegría se nos quedaba como sal en los ojos, se nos quedaba dentro y desvelándonos, porque tenía una indeleble continuidad, y cuando no soñaba al acostarse, se entristecía y enviudaba un poquito sobre su corazón, porque pensaba que había perdido para siempre la noche. Y Pilar, la dulcísima, la bendiciente, la dolorosamente intransitable; Y Lola; y Luis Felipe que ya entonces vivía con una vida proyectada, difícil y ejemplar, y Piedad, que iba en medio del grupo y nos centraba a todos en la muerte y era pequeña y cereal y terminantemente rubia... Y ahora Juan se reía, y seguía hablando y se reía, tropezando un poquito en las palabras, tropezando en la risa, como cuando los niños bajan, saltando alegremente de dos en dos, los peldaños de una escalera. —No es rubia, Luis, si tú supieras hasta cuándo no es rubia, si tú supieras hasta cuándo no ha sido nunca así, sino trigueña y candeal y doliendo a madera, y humildemente alta porque era tímida de estatura; si tú supieras, Luis, cómo sigue escondiéndose aún en los ojos que tiene, en los ojos que son como una herida que mana sangre nuestra, y por eso nos duelen cuando miran—. Estaba hablando para siempre, viviendo para siempre, ardiendo para siempre, y como me extrañaba su ardentía, y como hablaba de tal modo, que sus palabras, después de dichas, se quedaban inmóviles, se quedaban completamente siendo y se me convertían ante los ojos en cosas verdaderas, yo le dije: —Y sabes, Juan, que hablas como si todavía la siguieras queriendo—; pero anochece cuando la luz termina de decir su palabra sobre el mundo, cuando la luz —Hasta mañana, Luis— y ahora la nieve de empezar a ser bastante sigue cayendo, y siento sus palabras que van haciendo un nudo con mi sangre un nudo en aquel tiempo —No lo olvides; la muerte no interrumpe nada— y como empieza a latir el pulso de un enfermo, se fue haciendo la niebla, se fue haciendo el silencio cuando te fuiste, Juan. y yo seguí contigo, y yo seguí callado entre la sombra, y yo seguí callando, callando hasta nacer y hasta nacerte. La casa encendida, Luis Rosales |
Editado: 14-may-2012 17:57 -
14-may-2012 16:26
#26
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--Ahora, a recapitular --dijo Bernard--. A explicarte ahora el significado de mi vida. Puesto que no nos conocemos (aunque creo haberte visto una vez a bordo de un barco que se dirigía a África), podemos hablar con liberta. Tengo una ilusión, creo que hay algo que permanece por un momento, que es rotundo, pesa, tiene profundidad, que está completo. Eso, por el momento, parece ser mi propia vida. Si eso fuera posible, te la regalaría integra. La arrancaría como se arranca un racimo de uvas. Diría: "Tómala. Esta es mi vida." Pero, desdichadamente, lo que veo (este globo lleno de figuras), no lo ves tú. Me ves, sentado a la mesa enfrente de ti, un anciano, gordo, con las sienes encanecidas. Me ves cuando cojola servilleta y la extiendo. Me ves servirme un vaso de vino. Y ves por detrás de mí cómo se abre la puerta y pasan las gentes. Pero para que entiendas, para darte mi vida, tengo que contarte un cuento; y hay tantos y tantos cuentos: cuentos de la infancia, cuentos de la escuela, amor, matrimonio, muerte, etc., y ninguno de ellos es verdad. Pero, como niños, nos contamos cuentos, y para embellecerlos construimos esas frases hermosas, florida, ridículas. ¡Qué cansado estoy de los cuentos, ¡qué cansado estoy de las frases que descienden con hermosura y posan los pies en la tierra! También, qué desconfianza me inspiran los pulcros argumentos biográficos que se anotan en cuartillas de papel de notas. Comienzo a desear algún lenguaje elemental como el que utilizan los enamorados, palabras sueltas, palabras inarticuladas, como el arrastrar de los pies sobre las acerad. Comienzo a buscar algún argumento más acorde con aquellos momentos de humillación y triunfo que innegablemente vienen de vez en cuando. Estoy tendido en una zanja durante un día tormentoso, tras la lluvia; luego, cruzan el cielo enormes nubes, nubes deshilachadas, trocitos de nubes, siempre cambiando, y el movimiento; algo sulfuroso y siniestro deslizándose como un tobogán; elevado, dejando un rastro roto, perdido; y yo, olvidado, diminuto, en una zanja. Del cuento, del argumento, no veo ni rastro entonces. Pero, mientras, mientras comemos, demos vuelta a esas escenas, como niños que dan vuelta a las páginas del libro de dibujos; y, mientras señala, les dice la niñera: "Eso es una vaca, eso es una barca." Volvamos la página y añadamos, para divertirnos, un comentario al margen. Las olas, Virginia Woolf |
14-may-2012 16:28
#27
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Hacia un posible mas allá del caos van los días del hombre valeroso, y emergiendo de brumas y de vahos sueñan, inventan en tensión de coso. El tiempo se enriquece, se desgasta, y entre azar y desorden indomable la mejor invención será nefasta, y el loco será entonces quien mas hable. Mientras, la realidad sin voz desea ser en concierto perspectiva humana. Si se logra ese quid, hasta la fea visión da aire de triunfo a la mañana. Aquí mismo, aquí mismo está el objeto de la aventura extraordinaria. Salgo de mí, conozco por amor, completo mi pasaje mortal. Vivir ya es algo. Una fuente incesante de energía fundamenta el suceso: cada hora. Prodigio es este pan de cada día. Luz humana a mis ojos enamora. El pan nuestro, Jorge Guillén |
14-may-2012 16:30
#28
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Si me encuentro a una muchachita bonita y le pido: "Sé buena, ven conmigo", y pasa de largo sin decir una palabra, su actitud significa: "Tú no eres un duque con apellido rimbombante; ningún americano atlético con la estatura de un indio, con ojos horizontales y contemplativos, con una piel acariciada por el aire de las praderas y de los ríos que fluyen por ellas. No has viajado a los Grandes Lagos, ni los has surcado, aunque no sé ni dónde se encuentran. Así que dime, por qué yo, una muchacha bonita, tendría que ir contigo". "Olvidas que no te llevan en automóvil por la calle, balanceándote con sus sacudidas; no veo ir detrás de ti a los señores pertenecientes a tu séquito, embutidos en sus trajes y murmurándote piropos. Tus pechos quedan bien comprimidos por el corsé, pero tus muslos y caderas se resarcen por esa sobriedad. Llevas un vestido de tafetán con pliegues, como el que nos alegró tanto a todos el pasado otoño y, sin embargo, con ese peligro mortal en el cuerpo, sólo te ríes de vez en cuando". "Sí, los dos tenemos razón y, para no ser conscientes de ello de un modo irrefutable, preferimos irnos solos a casa, ¿verdad?" La negativa, Franz Kafka |
14-may-2012 16:34
#29
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Los frutos de las raíces de las vides, de los árboles, deben destruirse para mantener los precios y esto es lo más triste y lo más amargo de todo. Cargamentos de naranjas arrojados en el suelo. La gente vino de muy lejos para coger la fruta, pero no podía ser. ¿Cómo iban a comprar naranjas a veinte centavos la docena si podían salir y recogerlas? Y hombres con mangueras arrojan chorros de queroseno en las naranjas y se enfurecen ante semejante crimen y se enfadan con la gente que ha venido a por la fruta. Un millón de personas hambrientas, que necesitan la fruta... y el queroseno rociado sobre las montañas doradas. Y el olor a podrido llena el campo. Quemar café como combustible en los barcos. Quemar maíz para calentarse, hace un cálido fuego. Tirar patatas a los ríos y poner vigilantes a lo largo de las orillas para evitar que la gente hambrienta las pesque. Matar a los cerdos y enterrarlos y dejar que la putrefacción se filtre en la tierra. Eso es un crimen que va más allá de la denuncia. Es una desgracia que el llanto no puede simbolizar. Es un fracaso que supera todos nuestros éxitos. La tierra fértil, las rectas hileras de árboles, los robustos troncos y la fruta madura. Y niños agonizando de pelagra deben morir por no poderse obtener un beneficio de una naranja. Y los forenses tienen que rellenar los certificados —murió de desnutrición— porque la comida debe pudrirse, a la fuerza debe pudrirse. La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden, vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia. Las Uvas de la Ira, John Steinbeck |
14-may-2012 16:37
#30
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Como ocurre con todas las dificultades semánticas, la respuesta sólo puede ser arbitraria. Lo importante es que sepamos a qué clase de unión nos referimos cuando hablamos de amor. ¿Trátase del amor como solución madura al problema de la existencia, o nos referimos a esas formas inmaduras de amar que podríamos llamar unión simbiótica? En los pasajes siguientes sólo usaré el término amor para designar la primera alternativa. Comenzaré el examen del "amor" con la segunda. La unión simbiótica tiene su patrón biológico en la relación entre la madre embarazada y el feto. Son dos y, sin embargo, uno solo. Viven "juntos" (sym-biosis), se necesitan mutuamente. El feto es parte de la madre y recibe de ella cuanto necesita; la madre es su mundo, por así decirlo; lo alimenta, lo protege, pero también su propia vida se ve realzada por él. En la unión simbiótica psíquica, los dos cuerpos son independientes, pero psicológicamente existe el mismo tipo de relación. La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión, o, para usar un término clínico, el masoquismo. La persona masoquista escapa del intolerable sentimiento de aislamiento y separatidad convirtiéndose en una parte de otra persona que la dirige, la guía, la protege, que es su vida y el aire que respira, por así decirlo. Se exagera el poder de aquel al que uno se somete, se trate de una persona o de un dios; él es todo, yo soy nada, salvo en la medida en que formo parte de él. Como tal, comparto su grandeza, su poder, su seguridad. La persona masoquista no tiene que tomar decisiones, ni correr riesgos; nunca está sola, pero no es independiente; carece de integridad; no ha nacido aún totalmente. En un contexto religioso, el objeto de la adoración recibe el nombre de ídolo; en el contexto secular de la relación amorosa masoquista, el mecanismo esencial, de idolatría, es el mismo. La relación masoquista puede estar mezclada con deseo físico, sexual; en tal caso, trátase de una sumisión de la que no sólo participa la mente, sino también todo el cuerpo. Puede ser una sumisión masoquista ante el destino, la enfermedad, la música rítmica, el estado orgiástico producido por drogas o por un trance hipnótico; en todos los casos la persona renuncia a su integridad, se convierte en un instrumento de alguien o algo exterior a él; no necesita resolver el problema de la existencia por medio de la actividad productiva. La forma activa de la fusión simbiótica es la dominación, o, para utilizar el término correspondiente a masoquismo, el sadismo. La persona sádica quiere escapar de su soledad y de su sensación de estar aprisionada haciendo de otro individuo una parte de sí misma. Se siente acrecentada y realzada incorporando a otra persona, que la adora. La persona sádica es tan dependiente de la sumisa como ésta de aquélla; ninguna de las dos puede vivir sin la otra. La diferencia sólo radica en que la persona sádica domina, explota, lastima y humilla, y la masoquista es dominada, explotada, lastimada y humillada. En un sentido realista, la diferencia es considerable; en un sentido emocional profundo, la diferencia no es mayor que lo que ambas tienen en común: la fusión sin integridad. Desde ese punto de vista, tampoco es sorprendente encontrar que, por lo general, una persona reacciona tanto en forma sádica como masoquista, habitualmente con respecto a objetos diferentes. Hitler reaccionaba sádicamente frente al pueblo, pero con una actitud masoquista hacia el destino, la historia, el "poder superior" de la naturaleza. Su fin -el suicidio en medio de la destrucción general- es tan característico como lo fueron sus sueños de éxito -el dominio total-. En contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad. El amor es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad, y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad. En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos. Si decimos que el amor es una actividad, nos vemos frente a una dificultad que reside en el significado ambiguo de la palabra "actividad". En el sentido moderno del término, "actividad" denota una acción que, mediante un gasto de energía, produce un cambio en la situación existente. Así, un hombre es activo si atiende su negocio, estudia medicina, trabaja en una cadena sinfín, construye una mesa, o se dedica a los deportes. Todas esas actividades tienen en común el estar dirigidas hacia una meta exterior. Lo que no se tiene en cuenta es la motivación de la actividad. Consideremos, por ejemplo, el caso del hombre al que una profunda sensación de inseguridad y soledad impulsa a trabajar incesantemente; o del otro movido por la ambición, o el ansia de riqueza. En todos esos casos, la persona es esclava de una pasión, y, en realidad, su actividad es una "pasividad", puesto que está impulsado; es el que sufre la acción, no el que la realiza. Por otra parte, se considera "pasivo" a un hombre que está sentado, inmóvil y contemplativo, sin otra finalidad o propósito que experimentarse a sí mismo y su unicidad con el mundo, porque no "hace" nada. En realidad, esa actitud de concentrada meditación es la actividad más elevada, una actividad del alma, y sólo es posible bajo la condición de libertad e independencia interiores. Uno de los conceptos de actividad, el moderno, se refiere al uso de energía para el logro de fines exteriores; el otro, al uso de los poderes inherentes del hombre, se produzcan o no cambios externos. Spinoza formuló con suma claridad el segundo concepto de actividad, distinguiendo entre afectos activos y pasivos, entre "acciones" y "pasiones". En el ejercicio de un afecto activo, el hombre es libre, es el amo de su afecto; en el afecto pasivo, el hombre se ve impulsado, es objeto de motivaciones de las que no se percata. Spinoza llega de tal modo a afirmar que la virtud y el poder son una y la misma cosa ( Spinoza, Etica IV, Def. 8.). La envidia, los celos, la ambición, todo tipo de avidez, son pasiones; el amor es una acción, la práctica de un poder humano, que sólo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión. El amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un "estar continuado", no un "súbito arranque". En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir. ¿Qué es dar? Por simple que parezca la respuesta, está en realidad plena de ambigüedades y complejidades. El malentendido más común consiste en suponer que dar significa "renunciar" a algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa. La gente cuya orientación fundamental no es productiva, vive el dar como un empobrecimiento, por lo que se niega generalmente a hacerlo. Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar, y creen que la virtud de dar está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es mejor dar que recibir significa que es mejor sufrir una privación que experimentar alegría. Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad. El arte de amar, Erich Fromm |
1984 ya esta aqui.